miércoles, 29 de agosto de 2007

La casa de "EL LIBRO DE JUAN"

Primer movimiento
Todos están de acuerdo en que debo irme de esta casa. Es muy grande y muy insegura y está acechada por ladrones, chicos mendigos, puertas que no cierran y ventanas que dan a patios oscuros donde al atardecer se ven sombras ominosas, ruidos de vecinos que se filtran a través de tapiales bajos o a veces un silencio que trepa por las paredes y se sienta en los sillones a conversar con la nada. Un departamento chico es más acorde con la soledad, dicen, y los años inseguros que vendrán, un pequeño refugio con una mesita para comer en la cocina y un ventanal en el living donde sólo entran dos sillones. Nadie responde cuando pregunto por los libros y los papeles que en cantidades tremendas me siguen desde hace años y no entran en ningún departamento porque son gente gruesa y gritona, gente que necesita aire y espacio, están llenos de árboles y de pájaros y chicos que corren por las páginas blancas y saben pescar peces dorados en los amaneceres. No responden cuando pregunto por los retazos de "vida vivida" que como tramas de hilos de oro cubren los muros, los retratos de abuelos y tíos, abuelos y primos y sobrinos, tan fugaces que necesitan el soporte de los ladrillos nobles y anchos, para simular alguna densidad, una presencia. Todo puede ser abandonado, aducen los sensatos, los libros se regalan, los papeles se queman, los retratos de abuelos muertos no le interesan a nadie, la cuestión es salvar el cuerpo a la acechanza de los miserables, envejecer dignamente en la cocina-comedor mirando una vasija azul con flores de plástico. Reducirse, empequeñecerse, ceder ante el miedo, guardarse en rincones oscuros cada vez más sombríos, no molestar, circundar con rejas al espacio mínimo donde no es posible gritar ni bailar, adelgazar la esperanza, hundir en un charco de aguas podridas el barquito de papel con los sueños de la infancia.
Y así es el pensamiento de los sensatos para que yo me vaya de esta casa. Razones económicas y razones de seguridad, sobre todo las poderosas razones de una sociedad que fabrica marginales, personas sin apoyo ni sostén, una sociedad fascista y oscura, cuyo signo más distintivo es la huida, el terror ante la inseguridad, el drenaje cotidiano a la esperanza, la impotencia para proteger al desvalido, la aceptación de la ignominia.
Entonces se comienza a morir, se comienza a honrar la muerte. Porque después de un departamento con un florero azul y si todavía respiro, es posible que moleste en esta ciudad, en este país, en esta patria de banderas celestes y blancas. Entonces deberé irme más lejos, vender lo poco que aún resta, dos libros de poemas, un piano, una cacerola de hierro, porque ya no entenderé el idioma que hablan, ya no estaré segura entre gente armada con la impudicia, ya no sabré distinguir la verdad del error, ya habré perdido la voz para el lamento y el grito. Habrá que irse, atravesar la frontera, buscar las tolderías de los indios, quizá. Cada vez más al sur, hacia la extenuación, lo sé. Pero no siempre las razones de los sensatos son agradables a Dios o a los poetas. A veces parecen un montón de basura, excusas torpes de quienes son incapaces de procrear un sueño poderoso, de hacer posibles las utopías, de tener un poco más de compasión e inteligencia.
Y además, aunque esta patria se esté tornando inhabitable, no voy a huir. Resistiré con ella, trataré de apuntalar sus viejos muros, recordaré a mi hijo tocando la guitarra frente a un fuego de ramas de eucaliptus, recordaré a los amigos de las revoluciones y a los vasos de vino.
No voy a irme. No voy a empequeñecerme. Todo lo contrario. Voy a agrandarme con un sueño tan excesivo que haga temblar a los timoratos.
Por esta patria. Por esta casa.
Segundo movimiento

Todos mueren lejos de casa. En 1890 mi abuela cruzó el mar y de apenas quince años se atrevió con el pueblo enclavado en la llanura que crecía sin ritmo sobre los campos ásperos y bravíos. Siempre hablaba de "la otra casa" desde cuyas ventanas se veían colinas cubiertas de lilas y de los muros de la iglesia cubiertos con pinturas pre-renacentistas, santos hieráticos y apóstoles que sostenían en las manos laxas un Evangelio color guinda. Con los siglos el Evangelio tomó un tinte de sangre seca que disgustaba a mi abuela. Aquí se encontró con una cultura frágil y sin raíces, una casa de tránsito donde pasar la noche, resguardarse del frío, alimentar niños díscolos de mirada lejana, marcados por el desarraigo, mientras se trabajaba duramente en esta parte de América donde no había minas de oro y plata y ya asomaba el rostro de la codicia y la injusticia. Entonces comenzó a guardar en un baúl sus cosas más preciadas para volver. Tomaría mi mano y volvería a la vieja casa de paredes de piedra y ventanas que miraban a un campo de lilas.
Su sueño fue quebrado por la muerte. Le contaba estas cosas a Felipe Aranda y él me preguntaba por qué esa romana fuerte y autoritaria, no levantó aquí su casa, impuso sus códigos culturales, los niños deberían cantar y tocar un instrumento, las fiestas religiosas se celebraban en las calles con panes de aceituna y pasteles de almendra, la vida era siempre un objeto precioso, aún en la pobreza y la escasez, y la alegría un huésped de la casa como si todos fueran a vivir eternamente, como si nada fuera a ser agrisado por la vejez y la derrota.
Nunca supe qué responderle a Felipe, aunque intuía, sordamente, que una especie de viento contrario, de dirección equivocada, había torcido esa posibilidad remota de construir la casa en el exilio.
Felipe Aranda amaba las casas anchas, la gente libre que caminaba liviana con su equipaje se sueños. Bordaba su patria delicadamente, pero con la sangre dispuesta, el gesto arrogante de los jóvenes mártires.
Arrancado de su casa, de sus poemas, de su hijo de cinco años que había escrito la palabra mariposa, fue asesinado y su cadáver sepultado en una tumba sin nombre. Fue en el año 1978 y los reparadores que vinimos después aún estamos intentando darle una casa más cálida que las vanas palabras, darle un lugar, un sitio, un guijarro, algo en esta patria que le pertenezca, una muerte segura, una casa.
Con Felipe Aranda cruzamos la frontera francesa desde España hacia San Juan de Luz, marchando detrás de los republicanos derrotados que dejaban su fusil en el suelo desparejo del puesto fronterizo y caminaban vestidos con uniformes harapientos hacia su destino de servidumbre y pobreza. "¡Pescado podrido para los españoles!", gritaban los libérrimos franceses de la Marsellesa, temiendo por su hogar, sus casas de pequeños, miserables burgueses, ante esa banda de derrotados, de gente sin hogar, sin amigos, "sin un hijo para llevarse a los labios".
También estuvimos con Felipe -y ya para entonces él era un montoncito de cenizas en un lugar ignoto de la Argentinamezclados con los chicos palestinos de un campo de refugiados. Niños con hambre -lo que se dice fácil hasta que uno toma la muñeca de uno de ellos y se encuentra con dos huesitos descarnados, agudos y con la piel áspera y lastimada—, niños sin iglesias, sin justicia, sin nada comparable con la humanidad. Niños cuya única casa en el mundo era un campo de hierbajos rodeado por un alambrado de púas.
Todos mueren lejos de casa. Para algunos la patria fue siempre una palabra demasiado suntuosa reservada para los ricos y para ellos no hubo nunca dónde regresar, el lugar, el sitio, la guarida de los sueños y la esperanza.
Los miro de soslayo con la cabeza enterrada en la falda de mi abuela que acaricia con su mano pajarera mi pelo lacio y oscuro. Ella está esperando que me levante. Que abra bien los ojos. Que mantenga abierta la casa grande donde algún extraviado pueda llegar en la noche. Entonces tal vez diga: "Todavía hay fuegos encendidos en esa casa".

5 comentarios:

Carlos Barbarito dijo...

Edna, recibo la noticia de la inauguración del blog y me apresuro a visitarlo. Va un afectuoso saludo desde la biblioteca donde trabajo y paso varias horas al día, entre Aristóteles, Kafka, Lezama Lima y Buda, sus fantasmas, sombras y voces. Cerca de la estufa, hace mucho frío, te dejo este mensaje. Estamos, entonces, en la "blogósfera", término y objeto que hace no mucho nos hubiesen parecido cosa de cienciaficción. Espero alguna vez poder leer poemas en la Casa de la Cultura. Y saludarte y conversar un poco con vos. Un saludo afectuoso.

Claudio Portiglia dijo...

Muchas gracias, Edna, es un gusto recibir esta novedad. Yo no frecuento demasiado los blogs porque me agobian. Prefiero el papel, de hecho estoy con tu última novela por estos días; allí palpo, me detengo, anoto. Pero reconozco las posibilidades que nos ofrece este medio y celebro que de a poco nos vayamos encontrando aquí para compartir noticias y revisar los textos. Un abrazo y hasta pronto.

yoli fidanza dijo...

Querida Edna, ayer recibí la invitación para conocer tu blogs pero preferí no leerte ya que estuve todo el día apenada y dispersa por la muerte de Ruth Fernández,generosa poeta cuya amistad fue de gran aliento para mí. Sabía, porque siempre me ocurre, que la lectura de tu texto iba a conmoverme profundamente, como me acaba de suceder. Por una parte,sé que esta emoción resulta de la excelencia de tu escritura, del compromiso emocional que trasmites,de tus temas siempre comprometidos, y por otra siento que existe entre nosotras una cercanía espiritual; tuve una abuela inmigrante,una infancia difícil, viví los mismos miedos de toda mujer en épocas de verguenza, la misma angustia por el destino incierto de los hijos, estoy segura que mis cunstancias fueron menos ricas,siempre protegida en los muros de la casa, así es que valoro tu testimonio, leyéndote vivo la experiencia, el dolor del soldado vencido ,puedo imaginar vivamente la escena del rechazo y el insulto, esas conductas del hombre hecho enemigo del hombre. Admiro esa capacidad tuya para testimoniar con sentimiento y verdad.Gracias Edna por permitirme compartir la honda sensibilidad que tu palabra escrita revela.

Gustavo Tisocco dijo...

Estimada Edna "El libro de Juan", como todos sus libros, es para mí un pasaje a la alta escritura, leerla es admirarla desde todo mi ser.
Le mando un abrazo enorme y felicidades por el blog, Gus...

vasco dijo...

CON RESPETO Y ADMIRACIÓN:

Tu blog derrama cultura
y habrá de servir de guía,
a quienes día tras día
rinden culto a la escritura,
tus relatos son pinturas
con marcos de plata y oro,
tu saber es el tesoro
que a tu nombre lo enaltece
y tus poemas merecen
la reverencia de todos.-

¡FELICITACIONES! Adolfo "vasco" Zabalza