<?xml version='1.0' encoding='UTF-8'?><?xml-stylesheet href="http://www.blogger.com/styles/atom.css" type="text/css"?><feed xmlns='http://www.w3.org/2005/Atom' xmlns:openSearch='http://a9.com/-/spec/opensearchrss/1.0/' xmlns:georss='http://www.georss.org/georss' xmlns:gd='http://schemas.google.com/g/2005' xmlns:thr='http://purl.org/syndication/thread/1.0'><id>tag:blogger.com,1999:blog-3988981779949304824</id><updated>2012-02-16T10:46:55.192-08:00</updated><title type='text'>Edna  Pozzi</title><subtitle type='html'></subtitle><link rel='http://schemas.google.com/g/2005#feed' type='application/atom+xml' href='http://ednapozzi.blogspot.com/feeds/posts/default'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3988981779949304824/posts/default?max-results=100'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://ednapozzi.blogspot.com/'/><link rel='hub' href='http://pubsubhubbub.appspot.com/'/><author><name>Edna Pozzi</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><generator version='7.00' uri='http://www.blogger.com'>Blogger</generator><openSearch:totalResults>14</openSearch:totalResults><openSearch:startIndex>1</openSearch:startIndex><openSearch:itemsPerPage>100</openSearch:itemsPerPage><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-3988981779949304824.post-1467480226176780670</id><published>2008-04-04T05:08:00.000-07:00</published><updated>2008-04-04T05:10:36.369-07:00</updated><title type='text'>"Si, puede ser que todo perezca, pero no es posible ni seguro" de El libro de Juan</title><content type='html'>Han clavado las puertas de su casa - le han dicho a los vientos&lt;br /&gt;/que se ha ido.&lt;br /&gt;Han vendido su anillo de diamantes y el periódico viejo con su&lt;br /&gt;    /nombre esmaltado en una esquina.&lt;br /&gt;Han juntado sus óleos, sus vestidos y en una caja de cartón,&lt;br /&gt;/doblada, también se olvida la tristeza.&lt;br /&gt;Pero ni tú ni yo creemos que está muerto.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Han dicho que en ceniza y oscura greda se convierte.&lt;br /&gt;Que han visto las raíces que lo cubren. Que ya nadie lo escucha.&lt;br /&gt;Nadie, dicen.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pero ni tú ni yo creemos que está muerto.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Han cubierto con paños los espejos. Arrancado el jazmín.&lt;br /&gt;Con una vara dibujan en la arena el círculo de fuego.&lt;br /&gt;Soplan sobre la hoguera.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pero ni tú ni yo creemos que está muerto.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Han vendido su rastro. El delicado amor a la materia. Los objetos&lt;br /&gt;feroces.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La tarde en que lloró de bruces, desolado por la falta de Dios.&lt;br /&gt;Y dicen en las plazas que descansa de sueños y fatigas. Esa piedra&lt;br /&gt;lavada.&lt;br /&gt;Ese volcán de ágata fundida.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pero ni tú ni yo creemos que está muerto.&lt;br /&gt;Mejor dicho, creemos que está vivo y cercano.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/3988981779949304824-1467480226176780670?l=ednapozzi.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://ednapozzi.blogspot.com/feeds/1467480226176780670/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=3988981779949304824&amp;postID=1467480226176780670' title='2 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3988981779949304824/posts/default/1467480226176780670'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3988981779949304824/posts/default/1467480226176780670'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://ednapozzi.blogspot.com/2008/04/si-puede-ser-que-todo-perezca-pero-no.html' title='&quot;Si, puede ser que todo perezca, pero no es posible ni seguro&quot; de El libro de Juan'/><author><name>Edna Pozzi</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>2</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-3988981779949304824.post-3757213363952113155</id><published>2008-03-27T10:44:00.001-07:00</published><updated>2008-03-27T10:46:30.489-07:00</updated><title type='text'>LA CASA DEL MAESTRO de "El libro de Juan"</title><content type='html'>Camina en una tarde recortada de pinos hasta la casa de maestro.&lt;br /&gt;Lleva tus antiguas flautas porque quizás haya sones que los muros recuerden, una precisa melodía de severa belleza.&lt;br /&gt;Golpea el llamador de bronce con los brazos cargados d rocío, porque debes comprender que sólo un hombre de rocío sería capaz de abarcar tanta tristeza.&lt;br /&gt;Un hombre de rocío sabe volver de la muerte y de 1a contemplación absorta de la tumba que está en el oeste, tan pobrecita y desamparada, tan macilenta esa tumba del oeste.&lt;br /&gt;Quizá nadie responda, pero tal vez sí, insiste con tu vieja costumbre de caminar hasta el fondo de los jardines, donde las líneas de prímulas y nardos semejan una muchacha dormida. Él tal vez esté distraído o absorto. Tal vez esté mirando la línea desprendida de un capitel dorado o limpiando pinceles con sus manos de niebla o quizás esté sólo esperando la lluvia.&lt;br /&gt;Nunca se sabe.&lt;br /&gt;Camina en una tarde recortada de pinos hasta la casa del maestro.&lt;br /&gt;Si no responden a tu llamado, si acaso tampoco entreabren las persianas de madera oscura cuando los sones de tu flauta trepen por los muros envejecidos, siéntate en el umbral de lavado mármol y mira cómo pasa la tarde a través de los pinos, casi enceguecida por la lluvia.&lt;br /&gt;Te preguntarán al pasar si tienes frío o hambre y responderás que no.&lt;br /&gt;Explicarás: Esta es la casa del maestro y estoy velando por si resucita.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/3988981779949304824-3757213363952113155?l=ednapozzi.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://ednapozzi.blogspot.com/feeds/3757213363952113155/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=3988981779949304824&amp;postID=3757213363952113155' title='1 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3988981779949304824/posts/default/3757213363952113155'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3988981779949304824/posts/default/3757213363952113155'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://ednapozzi.blogspot.com/2008/03/la-casa-del-maestro-de-el-libro-de-juan_27.html' title='LA CASA DEL MAESTRO de &quot;El libro de Juan&quot;'/><author><name>Edna Pozzi</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>1</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-3988981779949304824.post-3916169654565188896</id><published>2008-03-27T10:44:00.000-07:00</published><updated>2008-03-27T10:45:40.931-07:00</updated><title type='text'>LA CASA DEL MAESTRO de "El libro de Juan"</title><content type='html'>Camina en una tarde recortada de pinos hasta la casa de maestro.&lt;br /&gt;Lleva tus antiguas flautas porque quizás haya sones que los muros recuerden, una precisa melodía de severa belleza.&lt;br /&gt;Golpea el llamador de bronce con los brazos cargados d rocío, porque debes comprender que sólo un hombre de rocío sería capaz de abarcar tanta tristeza.&lt;br /&gt;Un hombre de rocío sabe volver de la muerte y de 1a contemplación absorta de la tumba que está en el oeste, tan pobrecita y desamparada, tan macilenta esa tumba del oeste.&lt;br /&gt;Quizá nadie responda, pero tal vez sí, insiste con tu vieja costumbre de caminar hasta el fondo de los jardines, donde las líneas de prímulas y nardos semejan una muchacha dormida. Él tal vez esté distraído o absorto. Tal vez esté mirando la línea desprendida de un capitel dorado o limpiando pinceles con sus manos de niebla o quizás esté sólo esperando la lluvia.&lt;br /&gt;Nunca se sabe.&lt;br /&gt;Camina en una tarde recortada de pinos hasta la casa del maestro.&lt;br /&gt;Si no responden a tu llamado, si acaso tampoco entreabren las persianas de madera oscura cuando los sones de tu flauta trepen por los muros envejecidos, siéntate en el umbral de lavado mármol y mira cómo pasa la tarde a través de los pinos, casi enceguecida por la lluvia.&lt;br /&gt;Te preguntarán al pasar si tienes frío o hambre y responderás que no.&lt;br /&gt;Explicarás: Esta es la casa del maestro y estoy velando por si resucita.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/3988981779949304824-3916169654565188896?l=ednapozzi.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://ednapozzi.blogspot.com/feeds/3916169654565188896/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=3988981779949304824&amp;postID=3916169654565188896' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3988981779949304824/posts/default/3916169654565188896'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3988981779949304824/posts/default/3916169654565188896'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://ednapozzi.blogspot.com/2008/03/la-casa-del-maestro-de-el-libro-de-juan.html' title='LA CASA DEL MAESTRO de &quot;El libro de Juan&quot;'/><author><name>Edna Pozzi</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-3988981779949304824.post-8577163404138222915</id><published>2008-03-10T05:38:00.000-07:00</published><updated>2008-03-10T05:41:00.383-07:00</updated><title type='text'>DONDE HAY MUERTOS CON LOS OJOS ABIERTOS  de "El libro de Juan"</title><content type='html'>La tumba está echada sobre el costado oeste de la ciudad, como un animal silencioso que muerde su rebanada de pan.&lt;br /&gt;Hace apenas dos días, el amor se ha dormido con los ojos abiertos, fatigado de las últimas alabanzas y de las míseras coronas de laurel arrojadas sobre la borda del misterio.&lt;br /&gt;Supongo que navega por canales secretos como un ahogado tenaz, aquel que aparece entre la niebla de los muelles con la boca llena de hiedras y pedacitos de coral.&lt;br /&gt;Por ahora paga el silencio, entre la alarma de los que lo amaron y la frágil, desdichada ceniza de las manos.&lt;br /&gt;No frecuenta ejercicios de nostalgia sino la turbia intensidad del olvido (he aquí la grave palabra), capaz de desgajarlo en ramitas doradas y en briznas de costumbres pegajosas y livianas.&lt;br /&gt;Este pájaro hueco ha llevado la sabiduría en el pecho y hoy sólo conoce a través de los otros, los que velaron una tarde y una noche entre pinos efímeros, sin una sola lágrima, por si acaso resucitara.&lt;br /&gt;También yo he velado inclinada sobre la tierra y después sentada sobre un claro del verde, pensando en las cercanías de Adolfo de Ferrari, que me fueron dadas de una manera tan conmovedora y que hoy pierdo en un túmulo de afrenta y de silencio.&lt;br /&gt;Comí su pan y respiré su aire y anduve tras la severidad de su juventud en el asombro permanente de los ojos, allí donde sacaba a relucir el alma de las cosas. Y en esa especie de piedad con que tocaba lo que estaba ciego y gemía.&lt;br /&gt;Tal vez una mariposa azul con pequeños círculos dorados y una glacial sabiduría del universo, pueda darnos ahora las respuestas que esperábamos de él o enseñarnos lo que debemos mirar entre el ala de una gaviota y el mar, el punto preciso donde el doloroso esfuerzo se resuelve en una esplendidez presente.&lt;br /&gt;Hombre profundo perdido entre las vaguedades de la muerte, quebrado como un tordo de hierbas, allí donde quedan los espacios clausurados y hay una oscuridad tenaz que acosa, yo me rebelo y lloro.&lt;br /&gt;Saldremos a buscarlo en la época de las lagartijas y las azaleas, cuando el sol cae de plano sobre el mantel blanco, sin sospechar que está triste y débil por la sangre perdida y cantaremos nuevamente la inútil alabanza de la naturaleza.&lt;br /&gt;Pero el rastro se irá perdiendo si una delicada exactitud no guía nuestros pasos. Si no sabemos de una manera profunda que hay lugares azotados donde quedan los muertos con los ojos abiertos.&lt;br /&gt;Esta frágil desdicha, esta distinción de la memoria, puede ayudarnos a hilar la fina trama de la sabiduría, el amor cincelado que alza la cabeza con los teros y vigila en los charcos el estallido de la verdad o de la luz.&lt;br /&gt;“Lástima, hermoso, que te hayas desprendido de la pequeña tierra”.&lt;br /&gt;En el viento helado de este invierno, todo está por cumplirse. Este muerto acechante entre las sombras leves, ¿no fue, no es acaso el pueblo de fragante esplendor, aquel que codiciábamos en la noche y por cuyas calles quisimos caminar, con un sombrero de encaje y una moneda de plata apretada en el puño?&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/3988981779949304824-8577163404138222915?l=ednapozzi.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://ednapozzi.blogspot.com/feeds/8577163404138222915/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=3988981779949304824&amp;postID=8577163404138222915' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3988981779949304824/posts/default/8577163404138222915'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3988981779949304824/posts/default/8577163404138222915'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://ednapozzi.blogspot.com/2008/03/donde-hay-muertos-con-los-ojos-abiertos.html' title='DONDE HAY MUERTOS CON LOS OJOS ABIERTOS  de &quot;El libro de Juan&quot;'/><author><name>Edna Pozzi</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-3988981779949304824.post-8789140762295890851</id><published>2008-02-07T07:10:00.000-08:00</published><updated>2008-02-07T07:13:43.863-08:00</updated><title type='text'>EL RUIDO DEL VIENTO de "El libro de Juan"</title><content type='html'>DESENCUENTRO Y PARTIDA&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style:italic;"&gt;Válgame Dios, qué cansada me siento.&lt;br /&gt;(Libro de la Madre Teresa de Jesús, libro III Capítulo 15)&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Es como si la hubiera visto morirse, ese 4 de octubre de 1582, tratando de apartar con las manos toda un área de tinieblas que la rodeaba.&lt;br /&gt;Aún persistía el flujo de sangre, pero tendía a inmovilizarse, también el aire, sus dedos en el crucifijo, los pequeños espasmos que la recorrían, todo iba resumiéndose en una fijeza, una acumulación de cristales, el lento transcurrir de un cuerpo lanzado a las basuras de la noche.&lt;br /&gt;Vencían los rezos de las monjas, el perfume del incienso, los pañuelos con agua florida, mientras ella pujaba por destrabarse de sus vísceras, expulsar esos demonios líquidos que saltaban sobre los órganos vencidos y los obligaban a contraerse, a desplegar su lacerada intimidad.&lt;br /&gt;Era como una posesión y a su vez una misteriosa libertad, cada aullido penetraba y se movía por un páramo seco, luego salía al exterior, se perdía.&lt;br /&gt;Un cuerpo que iba a ser repartido entre los sobrevivientes, aquellos que espiaban las contracciones y rogaban que el infierno cesara.&lt;br /&gt;La muerte tiene maneras de vieja lasciva, siempre repite los mismos gestos, obliga a un diálogo demente. Usa el idioma de los enemigos, mientras muestra su carne putrefacta. Y en vano entonces uno arrima rosas y corona sus sienes de laureles y trata de rescatar esa muerta de todos los otros muertos que la acompañan en una catástrofe de cenizas y recuerdos.&lt;br /&gt;Esa catástrofe donde los vivos se reparten las ruinas de una sonrisa y un montoncito de tejidos cálidos que la tierra tratará de convertir en una hoja de roble, una flor seca, algo anónimo y sin sonido.&lt;br /&gt;Porque es algo abyecto asomarse a la muerte de otro, más en este caso, cuando hay que dejar sitio a arcángeles y a bienaventurados que pugnan por acercarse al lecho y coronarlo de esplendor.&lt;br /&gt;Esa liturgia que ya fue pensada y en vano entonces nosotros tratamos de familiarizarnos con la muerte, cercana de murmullos, jadeos, para comprenderla, hacerla realizable.&lt;br /&gt;Cuando tanto mejor sería erguir un coro de suplicantes y llorar desde la inmensidad del canto, por todos los muertos que vendrán a perturbarnos, los que a través de los siglos nos confinarán al destierro, a la nostalgia de la justicia, a la soledad del amor compartido.&lt;br /&gt;O tal vez no llorar, tan sólo esperar a través de los años que esta muerte se revista de la suficiente solemnidad, vaya armando sus cáscaras, eligiendo el lugar de la existencia.&lt;br /&gt;Como lo hemos elegido nosotros que estamos vivos, pero no tanto, destrabando las palabras que ella escribió para ser leídas cuatrocientos años después, como si necesitaran ese respiro, esa pausa entre los muertos, ese embudo de luz donde chocan nuestros rostros con toda la violencia del amor.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Porque ella fue congelada en su santidad inviolable, en el calendario de las vírgenes, obligada a abjurar del cuerpo que la sostuvo y sus palabras rodaron entre los censores y los exegetas y los comentadores de la vida de los santos, sus palabras con los bordes gastados para que no molestaran, no dolieran en sus puntas agudas, la formidable y hermosa contradicción que la hizo vivir,  respirar.&lt;br /&gt;Tal vez porque ella escribía como si respirara y la respiración plena amenaza el orden constituído, la opresión, la conjura de los poderosos.&lt;br /&gt;Que bajo distintas maneras y signos ha afixiado el aire de estos cuatrocientos años, hasta que perdimos la identidad de nuestros sueños y resolvimos confundirnos con el rebaño, no levantar los ojos, resolvimos también que el miedo era soportable y seguro.&lt;br /&gt;Porque un muerto que es sólo su propia muerte, apenas si conmueve el orden inicuo, apenas si liben una zona pequeña del silencio.&lt;br /&gt;Y es necesario morir con todos los muertos y con todos los vivos a quienes les hacen tragar a sorbos la muerte, hasta confundirlos de huesos polvorientos, el exilio del hambre, de la derrota, de la permanente injusticia.&lt;br /&gt;Palabras que parecen vanas, porque los contenidos del lenguaje envejecieron hasta la podredumbre, no pudieron escapar a esos ciclos devastadores, a la injuria feroz del tiempo.&lt;br /&gt;Tal vez porque fueron usadas contra nosotros, obligadas a ser motivos de escarnio y mofa.&lt;br /&gt;Nadie se animará entonces a repetirlas, porque sólo en los tablados de la farsa se levantan a repartir sus muecas grotescas.&lt;br /&gt;Y es entonces cuando se piensa en esos muertos que murieron entre palabras y en el incalificable sitio de toda muerte.&lt;br /&gt;El lugar donde permanece asida a esos hilos brillantes, a esa incomodidad de no llegar a un puerto definitivo.&lt;br /&gt;Ya que toda muerte es potencia o debe serlo, tiende a escaparse por todos los poros abiertos, alzarse en su majestad pétrea para que nadie la confunda con la vida, nadie deje que sobreviva o sobremuera en sus pedazos.&lt;br /&gt;Hemos asistido a incontables funerales y dado el pésame a deudos dolientes y nuestros amigos yacen con la boca tapada por el olvido en pueblos remotos que se asoman a un río o a un arroyo o a una fuente con ojos de sirena.&lt;br /&gt;Y aún no podemos imaginar que alguien esté muerto.&lt;br /&gt;Quizá porque algo mágico sucede aquí en el sur y tal vez no acabe nunca, los muertos se sientan a conversar en los bares y recitan a Neruda o a Vallejo y hasta toman vino y luego se despeñan en la madrugada, pero nunca están en los cementerios, allí hay solamente polvo y plátanos envejecidos y entonces nadie visita las tumbas, las que se van hundiendo con sus florcitas de papel y la inscripción sencilla que recuerda para otros, nunca para los deudos.&lt;br /&gt;Que a su vez ya fueron y vinieron del polvo y cada vez están más delgados, más hartos de no encontrar un sitio definitivo, un lugar donde echar a rodar esas palabras maduras que guardan dentro suyo y que nunca pudieron ser pronunciadas.&lt;br /&gt;Porque se necesita un sitio más amplio, un lugar lavado de la perfidia del olvido, como si eligiéramos el Valle de Uspallata o el límite de la pampa, cuando se dispersa en un desierto de sal y pierde sus húmedas mazorcas, su esplendor vegetal.&lt;br /&gt;De ahí que hemos preferido callarnos, mientras los muertos tomaban por asalto la tierra prometida, permitían que los confundieran con los vivos y se dejaran matar por el hambre y las revoluciones y volvían a adquirir ese color moreno que es el más hermoso de la tierra y seguramente del cielo.&lt;br /&gt;El sosegado color de la gente morena que habita esta tierra hechizada, donde uno nunca sabe si nace para morir o muere para nacer.&lt;br /&gt;Y donde siempre se habla del hombre nuevo que algún día caminará sobre los huesos de los crucificados, entre calor y las moscas y no sobre praderas cubiertas de verdor.&lt;br /&gt;Como si toda redención tuviera que llegar mordida por los vientos de la muerte.&lt;br /&gt;De tal modo que son pocos los que cantan y muchos los que jadean sobre la cara del crucificado.&lt;br /&gt;Y el hombre nuevo se demora perdido en los laberintos viscosos del error, hasta que alguien lo clava con alfileres en un poema o en un manifiesto y entonces su sonrisa se corroe por el agua de la lluvia que cae con ferocidad y todos lo abandonan y se van en busca de otro hombre nuevo que también deberá llegar pisando los cráneos resecos de las víctimas.&lt;br /&gt;Y todo esto sucede hasta que, como dije antes, se encuentra un muerto que puede contener todos los muertos y aliviarnos del insoportable peso de la memoria, un muerto severo y exacto y hasta hermoso y entonces hay un resquicio donde el canto penetra, una ligera luz, una levedad.&lt;br /&gt;Que no basta pan abrir las puertas del cielo pero al menos es algo como un pétalo de rosa o una piedrecita de color&lt;br /&gt;Y éste tal vez sería el caso de Teresa, porque es como si la hubiera visto morirse ese 4 de octubre de 1582, llevándose con ella el apretado resplandor de los sueños pero a su vez devolviéndole intacto, alcanzando la muerte con todo ese atropello y esa furia hermosa y ese color de castellana recia, acostumbrada a conversar con Dios y a quejare con voces airadas y también a rodearlo con súbitas ternezas, un acoso amante pero de ojos abiertos, de dolor en el pecho.&lt;br /&gt;Sé que en alguna parte hay muertos que todavía no saben qué hacer con su muerte, por ejemplo mi madre que aún se obstina en reclamar su vestido color lila, la pobre querida, o Alejandro que vuelve todos los veranos vestido con hojas de maíz y una máscara de oro como un Dios precario a ofrecerme un aterrador simulacro del estío.&lt;br /&gt;Y qué decir de Carmen que se empeñó en no respirar más y ahora sin aire pretende encontrar un oficiante que le lea a Valéry en perfecto francés y enciende un cigarrillo y sonríe con los dientes brillantes y tan caros que se hizo poner unos días antes de su muerte.&lt;br /&gt;Y qué decir de los otros que aún se balancean en los palos de las horcas y los que están bajo la nieve allá en el sur del sur maldiciendo los ingleses y esperando que alguien encienda un fuego propicio para calentar lo que queda de sus huesos.&lt;br /&gt;Y qué decir de los que están bajo una tumba sin nombre y saltan de los expedientes y de los archivos, tratando de reunirse con su cara, con la manera que tenían de sonreír y necesitan que alguien los llame una sola vez, sólo una vez alguien que los llame Pedro, Juan, Haroldo, Matías, para llegar a ser muertos honorables, esos que dignamente presiden los altares de la conmemoración, los fastos domésticos de las casas que huelen a cebollas y a pájaros de noviembre.&lt;br /&gt;Y qué decir de los que están escondidos debajo de las hojas de los bananeros, pisoteados por lagartos e insectos verdes de grandes ojos líquidos y los que fueron abandonados en los cafetales o en los campos de algodón o sepultados bajo el sol o el cobre y vienen todos los días para mostrar sus piernas ulceradas y redamar vanamente una justicia imposible.&lt;br /&gt;Mientras nosotros nos hamacamos en las guirnaldas de una primavera mestiza que se empolva la cara con granos de arroz y apenas si soporta su corpiño de raso amarillo.&lt;br /&gt;Porque nadie es aceptado si carga con esos muertos horribles que ni siquiera han aprendido a estarse quietecitos debajo de los anchos campos de trébol donde los mandamos a descansar, a golpes los mandamos, ellos no querían, pero igual.&lt;br /&gt;Y entonces por qué está muerta y no los otros, sobre todo si se considera que nos es hora de gastar las palabras y los libros, encerrarse en la casita de nácar con incrustaciones de plata y aspirar el perfume de una santa cuyos limites precisos ya han sido fijados por la Santa Iglesia Católica y por los santos prelados que la inmovilizaron en un solo gesto pan ejemplo y honra de las generaciones venideras.&lt;br /&gt;Y más si se piensa que esas palabras vanas serán dichas en la América india, sucia de sueños y de la tristeza de los sueños.&lt;br /&gt;Y sin embargo nadie nos da instrucciones cuando tropezamos de improviso con unos libros y es justo el día en que nos enteramos de que los últimos geranios han desaparecido de la ciudad,  nadie nos dice que tengamos cuidado y nos previene contra la gran sed, aquella que no nos martirizaba desde abril, cuando caían las primeras hojas de los plátanos y había en el aire como una cosa de oro agitándose.&lt;br /&gt;Entonces por qué reprochamos si esa mujer que estaba al morir en un lecho de altos cabezales, sosteniendo un crucifijo, de pronto se ponía a llamarnos con voz áspera y era toda una urgencia de correr, apartando los papeles y los libros y los años y los siglos que se calcaban en su atrocidad viva, oliendo a muerte, lanzados fuera de sí, para llegar a esa agonizante barrida por las aguas del amor, cuya muerte se hinchaba como un capullo para contener todas las muertes, besarlas en la cara y hacerlas brillar a la hora en que todo comienza a amanecer.&lt;br /&gt;Y sin embargo, aún la duda, el dedo del odio sobre el fino papel, el pasado hundido en la basura del presente.&lt;br /&gt;Porque nadie escribe desde ninguna parte para un lector apenas entrevisto en la nebulosa de los siglos.&lt;br /&gt;Se escribe torpemente con la tierra pegada a los tobillos, el olor de la sopa y el llanto de los niños, cerca del río más ancho del mundo, para un hombre o una mujer que ayer se detuvo humildemente en una esquina a aceptar el cielo y el infierno y tuvo miedo de morirse y que su muerte rodara inútil y efímera por el polvo que cubre los campos.&lt;br /&gt;Cómo habrá escrito Teresa, no pensando en nosotros, pero ya conteniéndonos, obligándonos a considerar lo diferente, la posibilidad de marchar a contramarcha o a contravida, destrozando la seguridad de la miel barata que confundimos con el cielo y disputándonos en mitad de la noche, entre la cólera y los gritos.&lt;br /&gt;Para rescatar la voz de los que quieren el verdadero diálogo, el contacto&lt;br /&gt;Lejos de los mediadores y de los que traducen para otros lo que no puede ser traducido, mutilando el verbo, sacándole el pedacito de almendra de lo que les conviene y tirando el resto a la basura, pan que ningún hombre o mujer sospeche que hay otra versión, otra medida del amor, bárbara y terrible.&lt;br /&gt;Que ellos no se atreven a mostrar por qué su sonrisa es abyecta, desdeñan la necesidad de todo hombre de comprender por qué, de preguntar y de esperar.&lt;br /&gt;Y entonces limpiemos a esta santa de sus cáscaras de tierra e incluyámosla en la categoría de los místicos, ordenando sus escritos revueltos por la sed que la devoraba y entonces una línea, una separación y ya no podrá ser tocada, toda palabra que le alcance será considerada sacrílega, oscura, errónea.&lt;br /&gt;Como una letanía repetida por un idiota.&lt;br /&gt;Hasta que alguien decide reunirse con ella, en ese lugar donde la muerte comienza a desnudar las esencias, la fragante arboladura que la sostuvo a través de los siglos.&lt;br /&gt;Y entonces es como un milagro y claro que no lo entienden los que persiguieron herejes y quemaron las brujas apretando los haces de leña debajo de las plantas rosadas y encendiendo el fuego que todavía dura.&lt;br /&gt;Corrompiendo el aire con el olor a carne quemada.&lt;br /&gt;Fuego que tal vez nos alcance, porque nosotros no somos más que esta tierra desvalida, este amor sin protección, esta cosa brillante caída en los pantanos y pueden destruirnos fácilmente, repartirse nuestras vísceras y mostrar el montoncito de cenizas a deudos indiferentes que ya se cansan de guardar tantos montoncitos de cenizas y además tienen miedo de la omnipotencia de los verdugos y de que ese montoncito de cenizas vaya en contra de alguna ley u orden que pulcramente ha establecido en varios incisos la necesidad del olvido y la intrascendencia de los muertos.&lt;br /&gt;Pero nosotros sabemos algo que tilos no saben.&lt;br /&gt;Y eso lo hemos aprendido en la soledad, en la cárcel, en el luto.&lt;br /&gt;Por eso hablamos del milagro con tanta soltura y porque nuestra palabra es liviana va directamente al corazón recio de la madera, al olor de cebollas de las cocineras, a los ojos con tierra y macizos de jacintos de los jardineros.&lt;br /&gt;Y éstas son nuestras excusas y nuestra vergüenza.&lt;br /&gt;Pero también nuestra gloria.&lt;br /&gt;Es como si la hubiera visto morirse, ese 4 de octubre de 1582 y ahora saliera a contarlo, porque es en este final donde todo comienza, es aquí, hoy, en este preciso instante donde sospecho el inicio de la trama, los tejidos que fueron cubriendo el signo desnudo y rojo que yace en un costado de la oscuridad.&lt;br /&gt;Cuando murió Teresa, fuimos con Ana de Jesús a buscar la cera para fijar sus párpados: la Madre priora del convento de Alba de Tormes, Juana del Espíritu Santo, nos instruyó para el lavado del cuerpo y retiró de sus manos crispadas el crucifijo.&lt;br /&gt;Eran las nueve de la noche, jueves, día de San Francisco, que es a 4 de octubre, año 1582, que fue el año en que se enmendaron los tiempos, quitando diez días que andaban adelantados y  así al  día siguiente se contaron 15 de octubre, presidiendo en la silla de San Pedro, el Papa Gregorio XIII de Gloriosa memoria  y reinando en España el católico Rey don Felipe, segundo de este nombre’&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Capítulo X de la novela El ruido del  viento Vinciguerra, 1994.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/3988981779949304824-8789140762295890851?l=ednapozzi.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://ednapozzi.blogspot.com/feeds/8789140762295890851/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=3988981779949304824&amp;postID=8789140762295890851' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3988981779949304824/posts/default/8789140762295890851'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3988981779949304824/posts/default/8789140762295890851'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://ednapozzi.blogspot.com/2008/02/el-ruido-del-viento-de-el-libro-de-juan.html' title='EL RUIDO DEL VIENTO de &quot;El libro de Juan&quot;'/><author><name>Edna Pozzi</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-3988981779949304824.post-5916968159828632999</id><published>2007-12-19T10:32:00.000-08:00</published><updated>2007-12-19T10:35:24.810-08:00</updated><title type='text'>JUAN EN NAVIDAD de "El libro de Juan"</title><content type='html'>&lt;a onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}" href="http://bp3.blogger.com/_Al56fV2uz68/R2lkWXXnDaI/AAAAAAAAAA4/P6a2uoGPEdE/s1600-h/navidad_1f.jpg"&gt;&lt;img style="float:left; margin:0 10px 10px 0;cursor:pointer; cursor:hand;" src="http://bp3.blogger.com/_Al56fV2uz68/R2lkWXXnDaI/AAAAAAAAAA4/P6a2uoGPEdE/s400/navidad_1f.jpg" border="0" alt=""id="BLOGGER_PHOTO_ID_5145754384640445858" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;Porque ella había hablado de Teresa y de lo imprescindible de ese amor, inacabado, incompleto, furtivo. Porque entonces no sabia que algo más terrenal y gozoso podía ser parte de ese amor, como quien se desprende de cáscaras de luto y melancolía, hasta encontrar la almendra dorada, o lo que fue una almendra dorada antes de las vestiduras furiosas, del dolor en el pecho&lt;br /&gt;Porque ella había elegido palabras como cántaros o como el sonido de las hojas secas al ser estrujadas por un puño y entonces la muerte se hizo fuerte y segura, bajaba al jardín, se lamentaba bajo los altos cedros y era difícil, tan difícil, precisar que una mujer secreta y final aún se erguía en el borde del lenguaje, llenaba de semillas las secas palabras de la agonía, como quien resiste, no puede más y resiste.&lt;br /&gt;Porque ella venia de suplicar una zona de sol donde sentarse con su gente, hablar noches enteras y después replegarse en el silencio, el silencio como un castillo azul, como la plenitud de la poesía. Porque tal vez esa mujer estaba recostada en las espaldas de un ángel cuando sintió una mano o el roce áspero de una tela en su piel y de pronto el silencio fue todos los silencios, el pasado se volvió irreflexivo y tumultuoso y ocupó su lugar en el presente y los días que iban a venir eran como una tableta de chocolate entre los dientes, exactitud y dulzura y un lejano regusto amargo, casi imperceptible.&lt;br /&gt;Porque ella había hablado del amor y de la muerte con la misma liviana soltura y soportado su juventud hasta el final, sus Navidades lacias y remotas, con los ojos llenos de cristales de una muchacha que sonreía y la vaciedad del regazo, el punto de fuga de toda consolación. Y entonces no había comprendido o había comprendido y lo había olvidado que existía otra zona en el amor o en la muerte donde sólo algunos elegidos pasan fugazmente, haciéndose plenitud, pájaro de agudo pico. Y había también sentido pena porque ella la había entrevisto al pasar pero no se detuvo. Le dio como una especie de miedo y no se detuvo.&lt;br /&gt;Porque ella había amado en mitad de un pueblo de fragante esplendor, dejándose tocar por todos los amores, soportando el sitio baldado donde todo amor se convierte en un azote, una necesidad de fuga o es recapturado por la muerte y entonces vanamente escribía como el Maestro con un palito en las arenas, Juan escribía, sabiendo que nadie entendería, que todos preguntarían ¿por qué Juan? ¿y nosotros, los que te protegemos y te amamos? Y ella sólo respondía ¡estoy tan cansada!&lt;br /&gt;*&lt;br /&gt;Fue por esa canción que no se escuchaba, esa temeridad de los jazmines del Cabo en diciembre de dolor y de furia que ella cruzó el río cada vez más ancho y terrible y gritó a Juan que estaba rezagado porque tal vez los puentes desaparecerían y entonces ya nadie, nunca, en ningún lugar, hablaría de un nacimiento. Nadie diría: Era como un lejano resplandor ese amor naciente. Hay que ponerse a caminar para alcanzarlo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Inédito,. diciembre de 2003&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/3988981779949304824-5916968159828632999?l=ednapozzi.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://ednapozzi.blogspot.com/feeds/5916968159828632999/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=3988981779949304824&amp;postID=5916968159828632999' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3988981779949304824/posts/default/5916968159828632999'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3988981779949304824/posts/default/5916968159828632999'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://ednapozzi.blogspot.com/2007/12/juan-en-navidad-de-el-libro-de-juan.html' title='JUAN EN NAVIDAD de &quot;El libro de Juan&quot;'/><author><name>Edna Pozzi</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://bp3.blogger.com/_Al56fV2uz68/R2lkWXXnDaI/AAAAAAAAAA4/P6a2uoGPEdE/s72-c/navidad_1f.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-3988981779949304824.post-4502908822265425042</id><published>2007-12-11T11:31:00.000-08:00</published><updated>2007-12-11T11:32:56.662-08:00</updated><title type='text'>OCTUBRE de "El libro de Juan"</title><content type='html'>&lt;a onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}" href="http://bp3.blogger.com/_Al56fV2uz68/R17lzmT1BnI/AAAAAAAAAAw/hl7OAxYbmtw/s1600-h/mar.jpg"&gt;&lt;img style="display:block; margin:0px auto 10px; text-align:center;cursor:pointer; cursor:hand;" src="http://bp3.blogger.com/_Al56fV2uz68/R17lzmT1BnI/AAAAAAAAAAw/hl7OAxYbmtw/s320/mar.jpg" border="0" alt=""id="BLOGGER_PHOTO_ID_5142800499123488370" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style:italic;"&gt;“el  mes más cruel / porque engendra lilas de la tierra muerta”&lt;/span&gt; &lt;br /&gt;                                          Elliot&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ahora que sobre mi cuerpo piensan los albatros &lt;br /&gt;y las dulces torcazas&lt;br /&gt;picos agudos enredados en una luz clara y feroz &lt;br /&gt;la luz de la tarde que termina&lt;br /&gt;voy dejando cada letra sobre el camino de las arenas &lt;br /&gt;y cada letra es un nombre, quizás el tuyo &lt;br /&gt;mínimo y vulnerable con sus vocales llenas de olor a pan &lt;br /&gt;y a intensos mares verdes y olvidados&lt;br /&gt;Algo leí mal, un símbolo oculto &lt;br /&gt;para que la vida se derrumbara en escrituras&lt;br /&gt;lacias, en criaturas que se comían los ojos para no ver &lt;br /&gt;para acechar el ciego triste merecido crepúsculo &lt;br /&gt;Ahora él llega, quizás llegas&lt;br /&gt;y no puedo girar para obligar a la muerte&lt;br /&gt;a vestirse con linos blancos y coronar su cabeza de gardenias &lt;br /&gt;Se ha sentado en su sillita en la plaza&lt;br /&gt;se mece en el corazón&lt;br /&gt;atraviesa con agujas la mano que escribe tu nombre &lt;br /&gt;después de tantos años, cada letra del mar que regresa &lt;br /&gt;cada mísera letra diciendo al fin lo verdadero &lt;br /&gt;la exigua luz que se reparte entre dos mendicantes &lt;br /&gt;si antes logran abdicar de toda esperanza&lt;br /&gt;Entonces en la suma de toda palabra &lt;br /&gt;con su cuerpo desnudo &lt;br /&gt;estamos nosotros como un discurso inacabado &lt;br /&gt;el bosque de los fresnos &lt;br /&gt;la casa pequeña frente al mar&lt;br /&gt;el espejo dorado donde viven espectros de leche sombra &lt;br /&gt;y ese nombre que vuelve, quizás el tuyo &lt;br /&gt;tropezando con un tiempo colmado de congojas &lt;br /&gt;para completar la luz macilenta&lt;br /&gt;hacerse materia de sueños, octubre decidor de lilas &lt;br /&gt;sobre la tierra muerta&lt;br /&gt;en el lugar donde los desiertos levantan sus carpas&lt;br /&gt;de solitarios y mercaderes&lt;br /&gt;y hay pájaros de cera que nos miran como en otras fatales &lt;br /&gt;primaveras&lt;br /&gt;Algo leí mal o algo que debí decirte &lt;br /&gt;cuando las palabras con óxidos y furias &lt;br /&gt;soportaban el final de la tarde &lt;br /&gt;Algo que era el origen de una luz continuada &lt;br /&gt;y que no estaba dispuesto a morir &lt;br /&gt;hasta que vos llegaras como quien nunca se ha ido.&lt;br /&gt;y escribieras las letras gozosas sobre el camino de arenas &lt;br /&gt;sin comprender, tal vez, que yo andaba entre los héroes y los &lt;br /&gt;guerreros&lt;br /&gt;cerrando cuidadosamente las puertas de la noche &lt;br /&gt;y que nada podía hacer&lt;br /&gt;más que inclinar mi muerte sobre tu cabeza que canta &lt;br /&gt;Las feroces lilas de octubre&lt;br /&gt;con sus vestiduras blancas sobre tu pecho herido&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;* Inédito, 2003&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/3988981779949304824-4502908822265425042?l=ednapozzi.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://ednapozzi.blogspot.com/feeds/4502908822265425042/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=3988981779949304824&amp;postID=4502908822265425042' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3988981779949304824/posts/default/4502908822265425042'/><link rel='self' 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{parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}" href="http://bp2.blogger.com/_Al56fV2uz68/R067bYC54SI/AAAAAAAAAAk/5fkdXUi6nxg/s1600-h/flor.jpg"&gt;&lt;img style="float: margin:0 10px 10px 0;cursor:pointer; cursor:hand;" src="http://bp2.blogger.com/_Al56fV2uz68/R067bYC54SI/AAAAAAAAAAk/5fkdXUi6nxg/s320/flor.jpg" border="0" alt=""id="BLOGGER_PHOTO_ID_5138250303861809442" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Recuerdo era un jardín con árboles de nísperos&lt;br /&gt;y pequeñas matas de siempre-vivas, azules, rosadas, blancas&lt;br /&gt;y ellos hablaban del amor&lt;br /&gt;subiendo y bajando de columpios y escaleras de mármol &lt;br /&gt;y algunos tropezaban con una Venus de yeso &lt;br /&gt;mientras hablaban del amor&lt;br /&gt;o casi del mar hablando del amor&lt;br /&gt;porque había barcos que navegaban en un lago&lt;br /&gt;De cinco años nosotros, los imbéciles niños&lt;br /&gt;mientras ellos hablaban del amor &lt;br /&gt;con la fuente de nísperos hablaban &lt;br /&gt;y un jardín lateral se desplegaba en sus rostros &lt;br /&gt;florecían de ramos y raíces carnosas &lt;br /&gt;mientras hablaban del amor&lt;br /&gt;Eso pasaba mientras mi soledad juntaba ramitos de albahaca&lt;br /&gt;con los que adornaba tu cabeza&lt;br /&gt;antes de enterrarte con un gorrión muerto &lt;br /&gt;y una pluma de colibrí amarillo &lt;br /&gt;en el jardín que daba al sur&lt;br /&gt;y donde te portaste como un muerto honorable &lt;br /&gt;mientras ellos hablaban del amor&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;II&lt;br /&gt;Fue necesario correr en todos los jardines &lt;br /&gt;ahora lo sabe el maldito amor &lt;br /&gt;cuando se mece con piernas enfermas &lt;br /&gt;contra los altos setos, avizora la redención&lt;br /&gt;de la hojas de otoño, las minúsculas ramas de hortensias&lt;br /&gt;y lo que hubo que decirte en una esquina seca &lt;br /&gt;cuando ellos habían silenciado tu nombre entre los dientes &lt;br /&gt;y ya no había atardecer donde besarte los pies &lt;br /&gt;tomarte el rostro, decirte, ¡escucha! ¡escucha!&lt;br /&gt;hay pájaros hablando del amor.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;* Inédito, marzo de 2004.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/3988981779949304824-635322127677874100?l=ednapozzi.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://ednapozzi.blogspot.com/feeds/635322127677874100/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=3988981779949304824&amp;postID=635322127677874100' title='1 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3988981779949304824/posts/default/635322127677874100'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3988981779949304824/posts/default/635322127677874100'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://ednapozzi.blogspot.com/2007/11/hablaban-del-amor-de-el-libro-de-juan.html' title='HABLABAN DEL AMOR de &quot;El libro de Juan&quot;'/><author><name>Edna Pozzi</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://bp2.blogger.com/_Al56fV2uz68/R067bYC54SI/AAAAAAAAAAk/5fkdXUi6nxg/s72-c/flor.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>1</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-3988981779949304824.post-1265271510002171768</id><published>2007-11-19T06:38:00.000-08:00</published><updated>2007-11-19T06:42:25.865-08:00</updated><title type='text'>LA MUERTA de "El libro de Juan"</title><content type='html'>&lt;span style="font-style:italic;"&gt;Abrieron el ataúd el 4 de julio de 1583, nueve meses después del entierro.&lt;/span&gt; (&lt;span style="font-weight:bold;"&gt;Padre Francisco Libera. S. J.Libro de la Madre Teresa de Jesús. Libro V. Cap. 1)&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Primero removieron las piedras de la tumba. Juan había olvidado los picos y tuvieron que hacerlo con las manos. Estaban preparados para el hedor, los despojos calcinados y el correr de los escarabajos. El ataúd cubierto de cal y destrozado por el filo aplastante de las piedras, perdido en su furtiva noche de ojos de murciélago, desnudó sus maderas roídas y el anuncio de un cuerpo aplastado por la tierra, las olas de la muerte, las criaturas sigilosas de la sombra.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Por los agujeros de la madera el polvo y la cal habían filtrado el terror de la materia tomando los vestidos de la muerta, las hilachas de tela ondeaban entre pétalos podridos. Todo estaba envuelto en un aire tristísimo. Un caballo cerca de la tumba miraba fijamente el cielo, las nubes. Los prelados cuchicheaban lejos, prevenidos contra el espanto de la corrupción, seguros de no hallar un milagro, preservando sus manos, sus narices, el ondear de sus hábitos blancos en la boca caliente del estío. Juan fue el único que se atrevió a limpiar el polvo y la cal del rostro de la muerta. A ciegas por el camino del cuerpo inmóvil fue separando las hojas secas, las astillas de madera, las lúgubres noticias de la tierra.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Empapada en sudor, su mano que olía a naranjas, a sal, a madera verde, recorrió con ternura el cuerpo arrancado de su exilio, el cuerpo frío pero tenso, recogido en su exacta hermosura, vedado a la corrupción de las vísceras, el cuerpo que esperaba, brillante y fijo, quizá para despedirse de las aguas oscuras que bajan a las profundidades, allí donde todo amor es una belleza condenada y emerger, mezclarse nuevamente a los líquidos dorados, las rosas, los perros, la música, los aposentos donde alguien recuerda un perfume, como quien es arrancado en sus raíces más íntimas, expulsado al viento, a la dicha perdida, al error.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Hubo un momento en que Juan y la muerta se confundieron en la magia del tacto, un comienzo sin tiempo de algo oscuro y hermoso, todavía frío, antes que los prelados se acercaran pisando delicadamente las piedras removidas, temerosos aún de esa carne perdida que devolvían al sol frutal del verano, los huesos que tal vez crujieran al mover el cuerpo desarticulado, privado de la gracia de sus tendones, de la dolorosa sonrisa que tiene los que han yacido junto a una fuente. Los pitidos labios sofocados de hierbas, polvo, cal, distanciados de la primavera, apenas si temblaban de esos vientos extraños bajo la luz brutal y sucia del mediodía.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Los prelados hablaban de la muerte, de los hechizos, del perdón y la muerta sentía un perfume peligroso en la nuca, algo como una flor de miedo en el cuerpo de donde habían huido los pájaros, la gracia, la intimidad absurda de la vida. Los miembros habían perdido su espesa reciedumbre de sal y tejidos adiposos y pesaban como plumas, se doblaron al retirar el cuerpo intacto del cofre raído. Juan vio un triángulo lívido&lt;br /&gt;asomarse y cubrió con las telas podridas esa antigua corteza de la vida, esa señal por donde habían andado los humilde dioses de la tierra, pugnando por avanzar, resistir, entre relámpagos de sueños, injusticia, dolor.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Alzó el cuerpo ofrecido que había sido arrancado a la tierra y sus germinaciones y de nuevo se oyó un gemido. No era la muerta, quizá el soplo de las alas de esos habitantes de la sombra que no cesan de llamar, o esa pasión delicada con que el polvo se despedía de su criatura amada allí donde había perfeccionado el olvido y detenido el avance de la corrupción, acariciando el cuerpo y retirándose, las furias ciegas que lo acompañaron hasta su tumba, las ásperas salmodias, los velos de encaje que cubrían la sonrisa cristalizada, los dientes separados en un ruego sin respuesta.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Cuando Juan depositó el cuerpo sobre los lienzos que cubrían la estera, los prelados dejaron oír sus altas voces y un niño asustado manejaba campanillas de bronce y el olor del incienso cubrió ese otro olor frío e inexorable que la muerta despedía, ese olor de adioses interminables, de corazón roído por la sombra. Azuzado por el desamparo Juan miraba ese cuerpo que por última vez flotaba en su sagrada continencia bajo la luz del día, aún tuvo que soportar las tórridas súplicas, las delicadas telas de hilo con que los prelados limpiaban las toscas manos que habían tocado a la muerta, se habían atrevido con esos despojos y los habían arrancado de las piedras, esperando el hedor, la mano desprendida, las moscas y hallado sólo ese recinto frío, esa gema traslúcida, ese helado aposento vedado a la comprobación de la tierra, a los coleópteros, a los insectos voraces. El cuerpo con su presencia de jaula vacía que ahora era arrastrado y luego sería abierto en cientos de fragmentos, como una estatua decapitada, un desierto de voces donde cada piedra hablaría de la distante presencia del mar y la algarabía de los pájaros, las orejas arrancadas limpiamente por donde, ella, la muerta, alguna vez había oído el esplendor de las flautas marinas, el corazón con su raíz de piedra que marcaba los escalones hacia las fugaces estrellas y que había cesado de latir abrumado por toda gracia recibida en la tierra, las manos que pasaron a “vuelo pluma” sobre las letras macizas. Cada uno de esos fragmentos como una memoria separada, un pájaro sin vísceras, en el ara de los altares, en las cajas de vidrio, entre las flores de papel de las monjas, hecho migajas, repartido entre los oscuros vencedores de la muerte.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Cuando el cuerpo fue retirado el paisaje cambió de lugar como si un embudo invernal lo hubiera absorbido. Juan caminó de regreso, ya olvidado, ya prescindible, ya muerto, cubierto de sangre y hojas de roble, caminó sintiendo el peso de la muerta que otros llevaban por los caminos calcinados como un barco empujado por la tormenta. Caminó sintiendo que algo lo había tocado, como una corola ardiente, un sueño. Luego se lo contaría a los perros, a las vacas, a los muertos que yacen en los vasos de vino, a las uñas mordidas por el maldito oficio de los desenterradores, lo diría pensando en esa locura que emerge del fondo de los ataúdes, en ese esplendor que las ratas habían respetado. Pero había algo más, el instante bravío en que él levantó esos huesos, esa carne detenida en sus limites, ese océano cristalizado, esos harapos donde las palabras habían yacido cubiertas de pétalos y pus, la triste historia de la muerta que se había atrevido con los ángeles entre la feroz corrupción, las guerras, las rosas de papel, la imbecilidad y la crueldad y otra vez hablaría como un sórdido peregrino, miles de años después, cuando ya Juan hubiera sido expulsado de la historia, obligado a yacer en su miseria, en el polvo de los pueblos muertos, hablan despiadada, arrogante, sobre los despojos de los prelados, entre las hilachas de las sedas imperiales haciendo sonar los huesos de los  vástagos indignos, sobre el cráneo de Juan hablaría, de pie, bárbara y florecida, cuatrocientos años después, cerca una costa donde antes habitaban caníbales y hoy pasean muchachas tristes entre largas avenidas, muchachas con gatos y rifles y nombres dulces y resignados.&lt;br /&gt;Cuatrocientos años.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Como quien estruja una flor, la flor del idioma, la lengua de los reyes, los bárbaros, los judíos, los sacerdotes, los santos los guerreros y la deja caer sobre el río más ancho del mundo pasión y desembocadura, encierro y salida, el engaño y nostalgia, por esa muerta que en julio iba meciéndose bajo áspero sol, cubierta de los estigmas del lodo, sofocada en propio misterio, en la seguridad de una muerte cada vez m lejana, más frágil.&lt;br /&gt;Ella. Teresa. Desenterrada el 4 de julio de 1583.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/3988981779949304824-1265271510002171768?l=ednapozzi.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://ednapozzi.blogspot.com/feeds/1265271510002171768/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=3988981779949304824&amp;postID=1265271510002171768' title='1 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3988981779949304824/posts/default/1265271510002171768'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3988981779949304824/posts/default/1265271510002171768'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://ednapozzi.blogspot.com/2007/11/la-muerta-de-el-libro-de-juan.html' title='LA MUERTA de &quot;El libro de Juan&quot;'/><author><name>Edna Pozzi</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>1</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-3988981779949304824.post-4645846853996842407</id><published>2007-10-22T06:55:00.000-07:00</published><updated>2007-10-22T06:57:00.842-07:00</updated><title type='text'>LA PRÓXIMA PRIMAVERA de "El libro de Juan"</title><content type='html'>Has escuchado el levísirno temblar de las hojas que se duermen&lt;br /&gt;en las espaldas de los limoneros&lt;br /&gt;antes que los azahares de Octubre irrumpan con esa melodía seca&lt;br /&gt;que semeja una herida, el corte preciso de la bienaventuranza &lt;br /&gt;Yo no estaré para entonces, porque recogi mis muertos&lt;br /&gt;y traté de llevarlos hasta el limite de la luz, pero no fue posible&lt;br /&gt;Abrí los ojos empañados y miré de nuevo el sostén de la belleza&lt;br /&gt;o la esperanza&lt;br /&gt;pero las palabras sonaron como dijes rotos y la muralla del llanto&lt;br /&gt;se opuso tenazmente desde el frío&lt;br /&gt;Pero vos has escuchado las voces secretas de la hermosa tierra &lt;br /&gt;y aún esperas frente a muros roídos&lt;br /&gt;la hoja tenebrosa de la primavera, su obstinada forma de nacimiento&lt;br /&gt;como una criatura ciega que nace y nace entre las piernas&lt;br /&gt;un instante antes de que se queje, pierda su casa de tejidos rosados&lt;br /&gt;y sangre fresca&lt;br /&gt;Pero yo he olvidado cómo se espera&lt;br /&gt;y sé que un día más es una carga insoportable&lt;br /&gt;Un solo, lentisimo rayo de luz&lt;br /&gt;un ramo de azahares&lt;br /&gt;ya no podrían ser resistidos, alzados por un cuerpo de cenizas&lt;br /&gt;Todo lo que no alcancé a tocar, los mares, las praderas &lt;br /&gt;el rostro amado, la alucinación de los peces y los panes&lt;br /&gt;todo lo que no fue, muere conmigo&lt;br /&gt;todo lo que he perdido, muere conmigo&lt;br /&gt;Pero abre un sitio, una zona de esplendor&lt;br /&gt;como si alguien dejara de llorar&lt;br /&gt;ya no lloraremos por  los viajes que no hicimos&lt;br /&gt;por el maldito amor, por la forma en que morimos en otro Octubre&lt;br /&gt;bellamente, con todas las luces encendidas&lt;br /&gt;Aún prometes que en la espalda reseca de los limoneros &lt;br /&gt;hay un temblor de hojas, el remoto perfume de los azahares&lt;br /&gt;Gravemente, casi sin pensarlo&lt;br /&gt;golpeo los hielos del camino&lt;br /&gt;para que cruces solo y solemne hacia la próxima primavera&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/3988981779949304824-4645846853996842407?l=ednapozzi.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://ednapozzi.blogspot.com/feeds/4645846853996842407/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=3988981779949304824&amp;postID=4645846853996842407' title='1 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3988981779949304824/posts/default/4645846853996842407'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3988981779949304824/posts/default/4645846853996842407'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://ednapozzi.blogspot.com/2007/10/la-prxima-primavera-de-el-libro-de-juan.html' title='LA PRÓXIMA PRIMAVERA de &quot;El libro de Juan&quot;'/><author><name>Edna Pozzi</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>1</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-3988981779949304824.post-7425246566435429773</id><published>2007-10-05T07:58:00.000-07:00</published><updated>2007-10-05T08:04:14.165-07:00</updated><title type='text'></title><content type='html'>UN SILENCIOSO RAMO DE VIOLETAS de "EL libro de Juan"&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;«Siempre había en el centro de la mesa&lt;br /&gt;de nuestro comedor&lt;br /&gt;como un desquite de la vulgaridad de la existencia&lt;br /&gt;de la sorda llovizna de las horas,&lt;br /&gt;un silencioso ramo de violetas».&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;                                  Pedro Miguel Obligado&lt;br /&gt;                        «Elegía a la muerte de las violetas»&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Si uno mira la casa en el atardecer,  observará las lámparas que lentamente se van encendiendo;  una luz velada en la sala de estar que da al jardín,  una intensa y agresiva en el cuarto de los chicos,  la cocina se ilumina de improviso con un rojizo resplandor de fuego y cortinas de cuadros,  blancas y rojas,  finalmente cuando ya la luna levanta, alguien enciende los faroles del parque y entonces la casa adquiere una imagen de cuento infantil, a veces ladra un  perro que dormía bajo los olmos y una mano presurosa abre la puerta enrejada y lo incorpora a la protección de la luz.  Cuando regreso del trabajo desviándome de la calle principal,  me detengo a contemplar la casa,  amorosamente,  como si la fuera aprendiendo día tras día;  a veces han descorrido los visillos del comedor y se ve la mesa preparada para la cena y uno puede imaginar el ruido de las vajillas al ser depositadas sobre el mantel siempre blanco y tal vez una criada coloque en el centro un ramito de violetas;  las hay a millares en los canteros un poco desprolijos del parque,  donde los olmos y las plantas de siempre-vivas y prímulas parecen crecer a su antojo,  sin demasiada intervención de manos extrañas.   La casa está en el suburbio de Santa Teresa,  casi en el límite con la llanura y seguramente desde sus ventanas se ven los campos cultivados y la laguna del Virrey.&lt;br /&gt;Hay una suerte de cobertizo o galpón cuyas paredes de piedra ha cubierto íntegramente la hiedra trepadora;  desde la distancia que observo no puedo precisar si se trata de un establo o simplemente un depósito de herramientas donde el señor mayor,  utilizando una mesa de carpintero,  hará relojes que recuerden a su aldea lejana,  de madera lustrada y pintados a mano con detalles de flores,  guirnaldas de lilas sostenidas por querubines y casitas diminutas como un confite.   Nunca hay nadie en el jardín pero a veces en el atardecer,  todavía se balancea el sillón hamaca de mimbre que han colocado en la galería,  tal vez para la señora grande que lo ha abandonado al caer el sol y las hamacas de los chicos,  sostenidas por gruesas sogas de una rama de pino,  se mueven aún al viento suave de la tarde.&lt;br /&gt;La casa es de un estilo confuso,  las paredes encaladas no han resistido el paso de los años pero hermosas ventanas de roble se abren en toda su estructura,  de tal forma que uno puede pensar que ha atrapado la luz en todos los rincones.   En el atardecer semeja una gran paloma,  cálida y maternal,  posada sobre el terreno llano,  no grácil,  sino pesada y grave.&lt;br /&gt;A veces atravieso el bajo muro de  piedra que marca los límites del parque,  entonces alcanzo a ver el gran piano de concierto de la sala,  lo cubre un mantón de Manila de flores bordadas y largos flecos y sobre él abalorios y porta-retratos.   Seguramente la señora de la casa o tal vez su hermana que se repone de una grave enfermedad,  ejecutan con él después de la cena,  llenando de sonidos armoniosos la casa,  la Polonesa  de Chopín o el Claro de Luna de Debussy o esos aires infantiles de la baja Europa,  para que los chicos  canten  o bailen moviendo con gracia sus cuerpos núbiles.&lt;br /&gt;En el ala izquierda,  separado del resto de las habitaciones por un pozo de sombra, está el gabinete de trabajo del señor.   Los cristales burilados apenas dejan pasar una luz tenue,  sin embargo suficiente para presentir,  más que ver,  las altas bibliotecas y el escritorio de nogal macizo,  sobre el que hay un globo terráqueo y un porta pipas de bronce repujado.&lt;br /&gt;Las traducciones y trabajos literarios del señor le demandarán sin duda largas horas de estudio;  a veces han aparecido en diarios locales,  textos misteriosos y profundos sobre temas orientales y poemas,  pero a juzgar por su correspondencia a países europeos,  casi todo el material es girado a universidades y centros de altos estudios.   Recuerdo que leí en un periódico del pueblo su traducción de un poeta francés:  «Ese techo tranquilo que surcan las palomas...»,  sobre un cementerio en el mar;  imagino al señor pensando en ese cementerio marino mientras mira a través de los cristales los cereales distantes,  moviéndose en el viento y en el liso verde de la pampa.   Una profundidad por otra.   Un mar por otro,  más terco y agresivo.&lt;br /&gt;Aunque no puedo verlos,  imagino que en las alcobas hay grandes armarios de roble o nogal,  maderas nobles,  salvo en el cuarto de los chicos donde livianas cajas blancas cobijan trenes y muñecas y un payaso de enorme nariz vestido de seda azul y con cinturón de piedras.&lt;br /&gt;En lo que debe ser el dormitorio de la señora mayor hay todo el día una tenue luz,  cuyo resplandor filtra hacia afuera,  quizás una vela encendida para adorar la imagen de la Virgen Milagrosa o el Niño Moreno,  cuyos ojos están cruzados por estrías de sangre.   También allí,  en un pequeño potiche de porcelana,  un frágil ramo de violetas.   La señora mayor abandona raramente sus habitaciones,  salvo en las horas de más luz,  donde baja al claro comedor o se aventura al jardín para mecerse en su sillón mirando los olmos y la línea de prímulas salvajes.&lt;br /&gt;Santa Teresa es una pequeña población rural,  clavada en la pampa húmeda;  como tantas otras es un caserío bajo levantado alrededor de un antiguo fortín que avanza sobre territorio indio;  los salvajes dueños de la tierra fueron exterminados y hoy por sus calles circulan maquinarias agrícolas y gente rubicunda y feroz que habla de cosechas y del estado del tiempo y luego calla como si se percatara de los muertos que empujan debajo de los terrones húmedos para cumplir su ciclo de floración y semilla.   La casa fue construida lejos del trazado de la calle ancha sombreada por los plátanos,  en un sendero lateral que nadie transita porque más allá sólo está el campo y su infinidad dorada.   No hay jardines en Santa Teresa;  sólo tristes parcelas cubiertas de una hierba dura y pertinaz;  los pobladores no pesan sobre la tierra,  en agosto el viento las barre y el desierto vuelve a instalarse,  oponiéndose a esa invasión porfiada de los extraños.   Sólo la casa resiste,  encendida como una muchacha de fuego en el atardecer,  en un silencio pleno de latidos.   Defendiendo tal vez el esplendor de la vida y su misterio.&lt;br /&gt;En el piso de cerámica talaverana de la galería,  he visto a veces posarse calandrias y torcazas;  nadie las ahuyenta y las aves picotean diminutas semillas e insectos en las grietas que el tiempo va abriendo en los bloques esmaltados;  hay días que otros pájaros,  más audaces y oscuros,  pasan en vuelo rasante sobre los tejados,  se agrupan en el atardecer y su sombra temible hace vacilar la luz del crepúsculo.   Es la hora en que las campanas de la iglesia del pueblo llegan hasta la casa y sobresaltan a las grandes bandadas;  es un solo instante y el silencio de la casa parece estallar en miles de vidriecitos de colores,  como si algo se perdiera definitivamente en la tarde.   Entonces quizá la señora mayor se santigüe.   «Ha pasado un ángel» dirá a los chicos y estos sonreirán con una mezcla de bondad y burla.&lt;br /&gt;Nadie sabe quién construyó la casa pero todos en el pueblo recuerdan cuando la familia se instaló,  mi padre era peón changador y ayudó con los pesados bultos y vio a la señora sujetando su pelo castaño con una cinta azul y corriendo detrás de los chicos que alborotaban en el jardín abandonado.  Mi padre la amó en un instante,  como si recibiera un atado de flores frescas recién abiertas al rocío,  un gran ramo verde y amarillo.&lt;br /&gt;Nunca más habló de ella para que las palabras no estropearan ese recuerdo, ese  don  inmerecido.  A  veces  un  perro  flaco  roza  mis  piernas  cuando estoy mirando la casa y su música secreta que no cesa.&lt;br /&gt;Sólo  hubo  un  tiempo  fugaz  y  terrible  en que esa música se quebró.   Fue cuando los lugareños descubrieron los cuerpos mutilados,  había sangre fresca en el umbral y los muertos yacían sobre la gran mesa del comedor,  entre alimentos descompuestos y violetas esparcidas en el sucio  mantel.   La cabeza de los niños casi separada del tronco a cuchilladas y la señora mayor con las manos cortadas de donde alguien había  arrebatado el precioso anillo de esmeraldas.   Habían sido sorprendidos  por  una horda  de  asesinos  ebrios,  la cabeza del señor había  caído  sobre  un  libro  de viajes con el cuchillo clavado en su garganta,  aún sus ojos estupefactos miraban el horror,  la mujer con las ropas desgarradas manoseada por la jauría y los golpes de su cráneo chocando contra las paredes,  una vez y otra vez,  más allá de la agonía y la muerte.&lt;br /&gt;Los sepultaron a todos en el cementerio del pueblo.&lt;br /&gt;Estuvieron poco tiempo allí   Volvieron y aún están en la casa poblando de dulzura el recinto inviolado de la tarde,  cada uno en sus ritos secretos,  sus vidas esparcidas en el viento de la llanura,  su fragancia persistente y a su vez mínima como un silencioso ramo de violetas.&lt;br /&gt;Yo fui uno de esos cuchillos.   En  la  cárcel  aprendí a  leer y  los médicos me  obligaban  a  pensar día  tras día en el crimen.   Cuando al final me dejaron  libre,  era casi un viejo,  un  viejo regresando en cada atardecer hasta el muro de piedra de la casa.   Nadie entendió que yo esperaba esta luz  que  las  paredes  recogen,  que  la  miro  vivir,   tarde tras tarde,  a veces de  rodillas,  otras  trepado  en   lo alto del molino,  sabiendo,  debiendo saber  que  la  música  no  acaba,  que el zarpazo brutal apenas si  había  herido  la  sonrisa  de  los  chicos  y  el  mantel  blanco  con  su potiche de porcelana y que Alguien,  Algo,  en un remoto lugar,  había perdonado.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/3988981779949304824-7425246566435429773?l=ednapozzi.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://ednapozzi.blogspot.com/feeds/7425246566435429773/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=3988981779949304824&amp;postID=7425246566435429773' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3988981779949304824/posts/default/7425246566435429773'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3988981779949304824/posts/default/7425246566435429773'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://ednapozzi.blogspot.com/2007/10/un-silencioso-ramo-de-violetas-de-el.html' title=''/><author><name>Edna Pozzi</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-3988981779949304824.post-3338427044723158744</id><published>2007-09-25T12:15:00.001-07:00</published><updated>2007-09-25T12:17:17.346-07:00</updated><title type='text'></title><content type='html'>&lt;span style="font-weight:bold;"&gt;LA CASA DEL MAESTRO&lt;/span&gt; de "El libro de Juan"&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Para Adolfo de Ferrari&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Se tarda años en llegar a la casa del maestro.&lt;br /&gt;No es porque la casa esté lejos, no, apenas en una calle en Santa María donde estacionan camiones fleteros y hasta algún carro con verduras.&lt;br /&gt;Lo difícil es la decisión.&lt;br /&gt;Uno piensa en esa puerta enrejada, y en él sobre todo, más que en sus máscaras africanas —yo fui una máscara antes, bailaba sostenida de un palito, un horror con dientes, los dientes son malditos— él con su abrigo de monjecito de clausura, el vientre hinchado y los ojos de violetas sumergidas.&lt;br /&gt;Te reís, sólo Elisabeth Taylor y él tienen ojos de violetas sumergidas. Y además no me importa tu risa ni tus juicios sepulcrales, losa de sepulcro eso sos para las frágiles ramitas de la poesía, enterrador, querido, eso sos.&lt;br /&gt;Ya todos sabemos que él estará esperando con vino y un trozo de queso, pero cuesta pasar por el vestíbulo de amplias mamparas inglesas y dejar el abrigo en un tocador —porque se llama tocador, maldito— sabiendo que de la jabonera puede emerger un fauno de yeso o que suspendido sobre el inodoro cuelga un cuadro de Picasso, mi Dios, las patas de un caballo diciendo todo lo que es posible decir en el mundo.&lt;br /&gt;Por eso uno lo posterga. ¿Cómo te va? Bastante bien, imagínate, compré una casa antigua y la restauré, moví todos los ambientes, hice de la cocina un estudio y ceno en el escritorio pomposo, asando trozos de carne en la chimenea, y además tal vez me enamore, como distracción, digo, no sé qué hacer con mi desesperación.&lt;br /&gt;Todas esas futilezas, imaginaciones, se doblan en un pañuelo cuando uno entra en la casa del maestro y el monjecito, atildado, humilde, se convierte en un vozarrón terrible que deshace, impreca, tira por el suelo nuestros borradores, nos insulta porque no sabemos ver una línea de Spilimbergo, sigue insultándonos si fingimos verla, nos arrebata los originales, meses de trajinar con la Olivetti, hace un ademán obsceno y los arroja por detrás de su hombro, oh, al final ese original prolijito otra vez en la basura.&lt;br /&gt;¿Por qué venimos a verlo? Lo peor es cuando bosteza, qué gracia el tiempo, se va durmiendo, qué gracia el tiempo que acaba con esta basura, tan cruel el tiempo. Por eso te decía, cuesta años llegar a la casa del maestro.&lt;br /&gt;Y no es que a mí me importen sus máscaras y maniquíes terribles, muñecas descabezadas, restos de utensilios inútiles, el brazo de yeso de un gladiador, las lentejas en un ánfora griega y los granos de café en una urna funeraria de los diaguitas, sino la manera en que todo ese caos se planta en él, se levanta en él formando una trama fina y clara, la penetrante pureza, la abyecta pureza de la simplicidad.&lt;br /&gt;Yo explico a veces, aunque es inútil, mi demoroso andar por la literatura, pero no le importa, pretende verme como un muñeco sangriento, pero con forma de algo, un suceso, de manera que todo mi andamiaje —una pirámide de fósforos— cae estrepitosamente y me convence de mi desnudez, toda esa hojarasca, maestro, es que yo pienso en la muerte, me mira como fulminándome.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Te cuento que yo llevo como siempre piedrecillas brillantes de la playa de Valparaíso, un caracol de Isla Negra que me regaló Neruda junto con un soneto y la moneda antigua que tiene los bordes rotos y simula un cáliz. Él mira esas prendas de amistad, y las rechaza fastidiado, no hay sonido en estas cosas, dice, ni un leve rumor, son restos del naufragio, no sirven.&lt;br /&gt;En otras oportunidades más oportunas toma mi mano y miramos la lluvia caer en el patio embaldosado, donde las gárgolas arrojan hilos oscuros y las hojas de los jazmines tiemblan apenas. Pero no nombrar esa planta deleznable, que él rechaza con gestos de fastidio, dado que había escuchado lo de los trémulos jazmines —Saint John Perse, creo— abjurando del calificativo y por añadidura de las pobres florcitas, que nada que ver.&lt;br /&gt;El atosigamiento espiritual puede ser fatigoso.&lt;br /&gt;Su manera de resolver el mundo complicaba, ahora lo sé, un inventario de las ruinas y esa tarea en extremo lacerante, abarcaba todo lo más amado, desde la sonrisa de un chico —en la sonrisa el chico no espera, gesticula— hasta el macizo de rosas opulentas —todo lo que oculta el hueso— donde yo regodeaba mis instintos artísticos, le has puesto un broche al maniquí de cartón, pero no reparaste en su desnudez, en las cuencas vacías, en las piernas que son un armazón de madera pintada.&lt;br /&gt;Esa manera de reparar en el mundo, de soslayo, abro la puerta, espío y cierro la puerta, comenzaba a envenenar mis escritos en ese tiempo sin dioses en que había optado por una cercanía de la literatura, que es escribir, trazos lejanos de la poesía, la innombrable.&lt;br /&gt;Pero me contagiaba su tristeza ante cada obra concluida, qué tristeza haber enmarcado la obra o mostrarla o ceder al embrujo de las ediciones, todo ese oropel ruinoso que se mostraba, juntar dos o tres piedras y no en el túmulo sagrado, el totem donde finalizan los sonidos, la sola, única vez en que el poeta debe hablar, sino todo lo otro, comunicarse, llevar hacia la gente que es preciosa y conoce, los íntimos flagelos del alma. ¡Qué ruindad!, decía, como quien ofrece la piel de una serpiente, la piel que contuvo el bicho sacrílego y mortal, bailotea, ¡qué ruindad!&lt;br /&gt;También sabía engañarlo, afirmaba la autoría de preciosos poemas, cedía sin compasión a la tentación del robo, escuche maestro y él silbaba despreocupado, no le importaba el precioso poema de Ungaretti o Salvatore Quasimodo, ni mi traducción de Leopardi, abría los brazos, ahora el maniquí vestido con falda de yeso avanza, es una presencia, pero de algo frío y envejecido, bloqueado por la emoción, decía.&lt;br /&gt;Sí, era difícil llegar a la casa del maestro. Fui, no obstante, ese día de mayo de grandes nubarrones de frío —no te rías, grandes nubarrones no se dice, más bien frío en grandes nubes o el frío que vos y yo sentimos esa tarde de Callao en que Felipe fue golpeado y muerto, pero no se trata de eso, bueno, no molestes entonces con irritantes correcciones— fui ese día de mayo en que tenía 33 años y era en el mismo tiempo de la crucifixión, el que me quiera deje a su mujer y a sus hijos y sígame, no es exactamente así el texto bíblico, no se dice texto bíblico sino evangélico, Dios mío, las brechas de tu cultura religiosa.&lt;br /&gt;Yo sé que al maestro no le importaba lo que había hecho hasta los 33 años, no tiene importancia, decía, no tiene importancia, todo vale lo que el instante, pucha, la mano ensobradora de cartas interminables, la mano laboriosa que aprende a cocinar y bordar, la mano arcillosa y trémula, enjuga las lágrimas, acaricia, de improviso da un zarpazo y bueno, ahí está la cosa gloriosa, húmeda, recién nacida, apresada entre los dedos tenaces, respirando. Es aceitosa y frágil, resbala, tiene olor de sangre pero también un frescor que para qué comparar con algo, no importa lo que hayas vivido hasta entonces —la última en la procesión de antorchas— sino el momento que está en tus manos y ya se escapa, pero la tocaste, maldito, la tocaste y ya no serás el mismo, habrás entrevisto —se fugan las aristas— una simple y aguda zona del conocimiento&lt;br /&gt;Él se equivoca, no vayas a creer, me insulta porque piensa que rondo las cercanías de la promesa; le cuento de mis muertos para agredirlo, sofocarlo, la calle que comienza a sangrar apenas uno traspone el vestíbulo de mamparas inglesas y me mira con curiosidad, pero usted está bien ¿no? Le cuento la anécdota del gato en el incendio del Museo y ahora está comiendo un poco de queso y hace una pausa ¿ésto tiene algo que ver con lo que estábamos hablando? No, no tiene nada que ver, es simplemente que estoy dolorida, hastiada, no sé para qué ni para quién escribo, quiero irme con los mapuches, la rabia transformada en odio, van a matarme, usted no significa nada en este país andrajoso, habla al viento, a las paredes, a la nada.&lt;br /&gt;¡Pobre! dice como quien repara en una rama seca —“maduro un oficio tan extraño que sólo es posible para los dioses y las piedras; en esta tremenda dignidad no hay colaboración posible con la vida”— me cita pausadamente. Eso estaba bastante bien ,¿por qué fue  dicho? No, no es que tenga algo que ver con la creación, es simplemente sonoro, preciso. Siempre lejos de la verdad, por supuesto.&lt;br /&gt;Sus alabanzas son como aristas de diamante, precisas y cortantes, sirven a la perfecta forma del cuchillo.&lt;br /&gt;Yo vi sus cuadros colgados, ahora vas a ver, yo vi sus cuadros colgados en la última sala del Museo de Bellas Artes, en Buenos Aíres, República Argentina, no se equivoque de país, de ciudad y era un homenaje al maestro muerto, usted ya estaba muerto lo habían colgado como de limosna, sin luz,  toda su obra sepultada por la estupidez de la burocracia y entonces lo vi tal como lo ven, un precioso adorno de más, unos cuantos óleos, prescindible, fugitivo.&lt;br /&gt;Todo comienza a converger hacia esa fuga, dice el maestro, toda materia esconde el huevo de la ruina, usted no maneja esencias, no importa el destino, la destrucción, la muerte, lo único que importa es que existieron en este lugar, en este país, en esta ciudad de la Trinidad y usted las vio y se dolió, quizá también ha llorado.&lt;br /&gt;He llorado, pero no como en ese día en que fui a la casa del maestro, vos sabés lo que cuesta llegar allá, tas piernas comienzan a fatigarse por las veredas de baldosas desiguales, no importa de cuántas formas nos hemos negado a ese misterio, esa absurda farsa, pero esa negativa nos ha permitido vivir, transcurrir por el desierto con los labios pintados, cada anochecer frente a una copa o una caza de café el ejército de desterrados contaba sus lágrimas, veintiséis millones de lágrimas, marginados de Santa Maria, oscuros huesos provinciales, el lago de los ahogados. Puedo sentirlas aún sobre mis hombros, es claro, son las dulces parábolas en que se resuelven mis días, tu cercanía.&lt;br /&gt;Pero una tarde hace frío y la memoria está llena de briznas y pájaros que doblan sus alas sobre e color celeste, otra metáfora idiota, el celeste es un lastre increíble, la más insostenible de las paradojas, allí fui,  mi amor, con treinta y tres años duros, a una mueca de la vejez.&lt;br /&gt;Ahora preguntás por qué no hablé antes de esa casa, o del día que vi sus manuscritos quemados en un balde de lata y qué especie de sangre chirle, flojona, me recorre las venas, porque todo el mundo mata lo que ama, pero hay cierta dignidad en hacerlo por propia mano y no por medio de un sirviente oscuro y lascivo. Y lo preguntás porque te movés directamente al centro de la impiedad, allí donde hay palabras innombrables y la muerte recorta sus agudas hojas.&lt;br /&gt;Atravesando el patio de helechos hay una escalera de roble que conduce a un largo pasillo y allí, sentado en su mecedora de mimbre, estaba él, en ese pasillo al que dan tantas puertas que se abren a la claridad, a la sorpresa, mirar por encima del hombro, retroceder.&lt;br /&gt;Y todas esas puertas estaban clausuradas, martilladas con pesados clavos, rotas en una obstinación de clausura.&lt;br /&gt;Maestro, mi voz venía de remotas estaciones de desdicha, he llegado. Trate de escucharme porque sólo esta vez y no otra, hablaré.&lt;br /&gt;Yo supe siempre que usted estaba allí, como una perdón del milagro estafándolo miserable, estaba siempre en su casa de Santa María, mientras yo tropezaba con el amor, me detenía absorta ante los ojos del hijo, ese vasito de frescura, convergía hacia las calles flageladas de mi patria, entraba en los hospitales a vender mis entrañas por unos días más de vida, prendía velas enceradas que recortaban las caras de mis amigos, los llevaba en los labios, recorría los basurales buscando la campera gris del fusilado, su juego de lápices, el llavero que sólo abriría las puertas del infierno.&lt;br /&gt;Entienda que en ese itinerario se me perdió la preciosa zona de puertas abiertas por donde usted pasaba tranquilamente, más allá de los cristales con lluvia, a veces entreveía su sombra, su olor de antiguos robles y volvía a perderme, un jardín, otro jardín y las palomas agudas desaparecían, las encontraba clavadas en los postes, no estaban sus ojos y esa era la revuelta, mientras usted marcaba la guerra total, desprendía el espíritu como una cáscara, cercaba y mordía el perfecto instante, cincelaba una estoica campana de llamada.&lt;br /&gt;No es fatal que otros desconocieran su casa en la calle empedrada. Lo fatal son los años que tardó para llegar al vestíbulo de mármol y helechos y al remoto estudio y ahora llegó y debe responderme, aún no he preguntado por qué estas puertas clavadas y qué especie de atroz imaginería se esconde tras las maderas violentadas y quiero saberlo, todo quiero saberlo, porque me sangran las rodillas pero mis ojos dolorosamente abiertos están en usted, desplegados en usted como una gran lazo de ramas de laurel.&lt;br /&gt;Usted, monjecito, perla negra, único hombre en Santa María que abarca el universo y lo resuelve con fría precisión, usted, dispensador de dones, altísimo y severo surtidor de frescura en la tierra quemada del Sur, usted diciendo que no, alzándose sobre la rebelión, usted viejo de vientre hinchado y zapatillas de tela marrón, usted renegando de amores, hijos, patrias desdichadas e inmóviles, usted, luz prendida, debe responderme.&lt;br /&gt;Sé que lo llamaron de la Presidencia, una especie de homenaje y abandonó el banquete furioso porque alguien puso a su lado una ridícula funcionaria de la cultura. Sé que pasó entre los soldados erguidos y los oropeles mayores con implacable determinación, dejando atrás ese roce con la equivocación. Sé que vociferó contra sus discípulos acerca&lt;br /&gt;de la ridiculez del acto y después estuvo llorando, un instante, sólo un instante me dijeron, hasta que la tarde descendió vertiginosa y opulenta y usted estaba en su estudio hojeando unos dibujos y nada había pasado, sólo una olla de agua hirviendo derramada, por suerte no hubo víctimas.&lt;br /&gt;Sé que resistió después de ese episodio en una agria soledad; los suplementos dominicales de los grandes matutinos olvidaron mencionarlo al pasar, los académicos cristalizados o inmóviles detenían la vanguardia, exigían una vejez definitiva, posaban como señores de la mejor tradición griega, absortos y tensos, olvidando que los sillones dorados estaban plantados sobre el cuerpo enjuto de una república macilenta. De un país traicionado y escupido que nada tenía que ver con usted, la piedra brillante caída en el lago cenagoso.&lt;br /&gt;Esas cosas las supe por vecinos, amigos y no me he conmovido. Las tardes en que debí estar en la puerta de su casa, esperando, las gasté en la vana frivolidad de los diálogos intimistas, en el recuento de las propias heridas, en el sabor a sangre vieja de la impotencia. Lucha contra la muerte, lucha por salvar pedazos del amor, por sentarlo en su sillón de malvas, lucha con la palabra huidiza, terrible, por volver a ser una chica de cinco años apenas renunciando a vivir, sentada en un umbral esperando que lleguen las mariposas.&lt;br /&gt;Pero he llegado, maestro. No sé si es tarde o vano, pero necesito su respuesta. Cuántas veces, de noche, en la puerta de canceles, atisbó por el frío mi sombra, preparó el queso con el fragante vino y se puso a pensar en las viñas. Entonces, fugazmente, recordaba la muerte, la losa de los sepulcros, un travertino espeso y los pájaros fríos en el tórax. Dialogaba con mi sombra —le iba diciendo como se lee una hoja de vid o mejor una nuez abierta, si usted no aprende a leer no sabrá nunca qué palabra se esconde detrás de los objetos y nombrará la apariencia, pero no le digo, le enseño con los dedos gruesos recorriendo las nervaduras, la exacta disimilitud de ese universo desplegado— pero mi sombra era un papel amigado sobre e escritorio, yo, la frágil muerta precipitándose a la vida, sorbiendo el jugo de los frutos prohibidos, lejos de la delicada precisión, mi amor, debe responderme.&lt;br /&gt;Sabe distinguir la agonía, el punto oscuro en el vientre desde donde comienza la corrupción, pero yo no busco la salvación, nadie quiere salvarse en este país, sólo apretar los dientes y proseguir hasta que las montañas se quiebren y nos sepulten en la indignidad.&lt;br /&gt;Sabe distinguir la agonía, apartarse, usted, muñeco creador, tomándole el pulso a toda cosa con vida. En un país donde crecen los robles, me dijo, y cae la nieve y en otoño se ven grandes pájaros violetas y la pampa de sal canta bajo el sol, usted, pequeño hueso, fatiga, ensuciando la materia clara, escondiendo la música, obstinándose en la muerte.&lt;br /&gt;Ya no hay tiempo, maestro, escuche conmigo las campanas, el golpe ha acertado en el costado desprotegido, el himno de la muerte crece como en una catedral de hierbas y telas de oro, nos están sepultando maestro, no me deje vivir con la muerte.&lt;br /&gt;No quiero violar estas clausuras, quiero explicármelas, acceder a su misterio final que resume la gloria y el dolor y es como un animal brillante, la cabeza erguida y en la boca hilachas de tristeza.&lt;br /&gt;En Santa Maria hablan de usted, dicen que ha muerto o que lo han matado —para el caso es lo mismo— y en las direcciones de cultura pequeños seres hechos de cartón sonríen de una miserable libertad, entrecierran los ojos oscuros, miran a través de una grieta de la puerta y se retiran, saludan como ásperos odres que pudieron contener el agua y sólo arrastran puñados de sal.&lt;br /&gt;Han avanzado, maestro, están en todas partes como hormigas invasoras, comen las tiernas hojas, enfatizan, dialogan con veintiséis millones de sombras, dejan su rastro de corrupción en la mañana, mastican las rebanadas de pan y las arrojan a los cerdos.&lt;br /&gt;Cerdos triunfantes, maestro, yo los ayudé a embestir los vallados y a sentarse en los rojos sillones, yo los dejé pasar porque sus gruñidos me espantaron, eran demasiados, pensaba que su delicadeza resistía tras las amplias mamparas de cristal inglés.&lt;br /&gt;Así le hablé a aquella figura sentada en su mecedora de mimbre en el pasillo al que daban las puertas clausuradas, sabiendo, debiendo saber que los muertos no responden pero allí estaba su lacerado corazón y las puertas de macizo roble clavadas con furiosa determinación y entonces supe —si saber puede llamarse a esa fría clarividencia— que aún restaba una dolorosa lección por aprender, entre todas las que se habían perdido en la hojarasca de los días.&lt;br /&gt;Vos has vivido en el desierto, entre las piedras y sabés lo que es la sequedad. Has pisado la pampa de sal que se extiende más allá de las cordilleras y has perseguido en los terrones gredosos del valle de la luna, un rastro, un vestigio de vida. Has caminado hasta encontrar una rama raquítica de un arbusto, una señal de verde y has sentido tu tórax ensancharse, la corriente de aire fresco pasa a través del clima frío y liso como una losa de mármol.&lt;br /&gt;Por eso vos, querido habitante de estas landas miserables, sabés que he aprendido la lección, me mirás con un extraño esplendor, has golpeado mi puerta, me encontraste muerta o casi muerta en el pasillo al que dan las puertas clausuradas y has pensado.&lt;br /&gt;Se tarda años en llegar a la casa del maestro.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;* Crónicas del desastre, inédito, 1979&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/3988981779949304824-3338427044723158744?l=ednapozzi.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://ednapozzi.blogspot.com/feeds/3338427044723158744/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=3988981779949304824&amp;postID=3338427044723158744' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3988981779949304824/posts/default/3338427044723158744'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3988981779949304824/posts/default/3338427044723158744'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://ednapozzi.blogspot.com/2007/09/la-casa-del-maestro-para-adolfo-de.html' title=''/><author><name>Edna Pozzi</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-3988981779949304824.post-3417933454536947830</id><published>2007-09-06T11:28:00.000-07:00</published><updated>2007-09-06T11:29:48.459-07:00</updated><title type='text'>Razones de "El libro de Juan"</title><content type='html'>I&lt;br /&gt;Y mirándote, como ahora te miro&lt;br /&gt; muerto sobre una hoja de otoño&lt;br /&gt;una hoja dorada y traslúcida &lt;br /&gt;por esa dificultad que da la muerte &lt;br /&gt;tan profunda y compleja &lt;br /&gt;para la gente del amor&lt;br /&gt;que se muere sencillamente &lt;br /&gt;sin demasiadas estridencias &lt;br /&gt;con el cuerpo desnudo apoyado &lt;br /&gt;en calendarios rotos&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;II&lt;br /&gt;De tu mano voy caminando hacia la muerte&lt;br /&gt;Casi como una lejana ternura tu mano cada vez más fría&lt;br /&gt;Has visto mi pecho estallar en hilos de colores&lt;br /&gt;Y en serpientes de luz&lt;br /&gt;Hoy apenas si me viste tu mirada&lt;br /&gt;Tan desnuda mujer,  tan astillas de hielo&lt;br /&gt;tan miserable muerte para rondar con este amor&lt;br /&gt;extremadamente fatigado, roto&lt;br /&gt;apenas si se atreve con tu mano&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;III&lt;br /&gt;Pusiste clavos en mi pecho, hermano&lt;br /&gt; Inocente verdugo rasgaste mi piel &lt;br /&gt;y laceraste la fina estirpe de mis ojos&lt;br /&gt;Para eso he nacido&lt;br /&gt;para ser tu víctima azul&lt;br /&gt;Amor, hermano amor&lt;br /&gt; besándome los labios con sangre &lt;br /&gt;olvidando que te tuve en mi vientre&lt;br /&gt;que te engendré, verdugo, hermosísimo niño&lt;br /&gt;martillando con furia los clavos &lt;br /&gt;como si tuvieras la razón y la justicia de tu lado&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;IV&lt;br /&gt;En el cementerio en la pampa&lt;br /&gt;hay hilachas de un manto que fue blanco &lt;br /&gt;antes de la crucifixión&lt;br /&gt;Allí descanso yo con los ojos abiertos &lt;br /&gt;por si regresas, por si vuelves preguntando &lt;br /&gt;por qué no resucito&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;V&lt;br /&gt;En la fría noche del pasado&lt;br /&gt;vos y yo como dos viajeros extraños&lt;br /&gt;que nunca se miraron&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El oscuro y lejano pasado&lt;br /&gt;con sus mares de color violeta&lt;br /&gt;que no vi nunca&lt;br /&gt;con los bosques húmedos&lt;br /&gt;de ese otoño que no viste nunca&lt;br /&gt;¿Te habré amado, acaso &lt;br /&gt;en una vieja casa de piedra&lt;br /&gt;con sus escalones derruidos &lt;br /&gt;y mi muerte de veinte años&lt;br /&gt;paseando con su sombrero de paja?&lt;br /&gt;Oh, la historia nuestra tiene dos líneas&lt;br /&gt;una atrocidad de relojes y piernas cansadas&lt;br /&gt;y sólo un mes, octubre, que no puede ser contado a nadie&lt;br /&gt;porque no está en el pasado ni en los días de luto que vendrán &lt;br /&gt;sólo en este hoy martirizado y tenso&lt;br /&gt;donde mira la muerte sin temerle&lt;br /&gt;Tan bello y altivo&lt;br /&gt;como si fuera la vida que se pronuncia por siempre&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;VI&lt;br /&gt;Deshaces las casas donde mi amor anduvo&lt;br /&gt; Preparas equipaje de niebla y rocío &lt;br /&gt;con el retratito de tu madre&lt;br /&gt; sonriendo de hastío y de belleza &lt;br /&gt;Caminas entre cajas cerradas &lt;br /&gt;y ventanas que ya nunca se abrirán al poniente&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Desde la muerte te miro&lt;br /&gt;enterrar los frágiles días de nuestro dolor&lt;br /&gt;Soy la aparecida&lt;br /&gt;la desvelada señora de las casas que no tuvimos &lt;br /&gt;de los mares que no tuvimos&lt;br /&gt;del amor que no tuvimos&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;No olvides, al partir, el pan viejo de mi tristeza&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;VII&lt;br /&gt;Subo a desvencijados altillos&lt;br /&gt;a hierros herrumbados que fueron una puerta&lt;br /&gt;o una cuna&lt;br /&gt;Tu hijo que llevo en las pestañas &lt;br /&gt;juega en el polvo y se lastima las rodillas &lt;br /&gt;como todos los niños&lt;br /&gt;Sabe que tiene una madre de cenizas &lt;br /&gt; que ya es imposible la vida&lt;br /&gt; Pero igual sonríe, obstinado y azul&lt;br /&gt; al encontrar el tren de madera lustrada&lt;br /&gt; con el que ayer nomás, hace unas horas&lt;br /&gt; te fuiste hacia una costa de gaviotas&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Todavía en el tren, el olor de la sal y la partida&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;VIII&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;A tu lado caminaba tirando de tu saco marrón &lt;br /&gt;¿Quiere flores, señor?&lt;br /&gt;¿Quiere quererme de esta forma de pétalos?&lt;br /&gt;Apartabas mi cuerpo como quien espanta un tigre&lt;br /&gt;para no sucumbir a su belleza y a su extravío&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;IX&lt;br /&gt;De la forma serena como el mar te amaba &lt;br /&gt;te ha quedado un sabor de navegante&lt;br /&gt;Por eso es que no puedes sentarte en una silla&lt;br /&gt;al lado de mis ojos&lt;br /&gt;y mirar como trenzo y destrenzo las lagrimas &lt;br /&gt;hasta lograr ese nudo que te impida moverte&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;X&lt;br /&gt;Entonces íbamos con los abuelos&lt;br /&gt;a cazar a los campos &lt;br /&gt;Perdices color sepia con reflejos dorados &lt;br /&gt;Vos no habías nacido&lt;br /&gt;y  sin embargo ya te llevaba&lt;br /&gt;cargado sobre los hombros, llorando&lt;br /&gt;o quejándote sobre el verde rocío de la pampa &lt;br /&gt;Habia cedros y olivos y montes de eucaliptos&lt;br /&gt;Entrabas y salías de los bosques &lt;br /&gt;caídos en mi pecho&lt;br /&gt;A veces me mirabas desde el cuerpo de una perdiz&lt;br /&gt;pero tus ojos ya estaban nublados por la muerte &lt;br /&gt;era imposible saber lo que decías&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Frialdad y desamor la cacería, Juan&lt;br /&gt;Siempre era invierno antes de que nacieras&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;XI&lt;br /&gt;Fue en una ciudad. Caracas, Roma o Venecia&lt;br /&gt;Doblé una esquina y encontré tus ojos &lt;br /&gt;Claro que no eras el amor&lt;br /&gt;Sólo una tristeza omnipotente y sabia&lt;br /&gt; trotando por las calles en la busca&lt;br /&gt;de una mujer feliz&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Desde entonces te sigo&lt;br /&gt;Hace tiempo que estás cansado y solo&lt;br /&gt; rozando en el aire neblinoso &lt;br /&gt;la cabellera de una mujer que pasa&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ya son muchas ciudades&lt;br /&gt;Sé que muy pronto lloverá en tus ojos&lt;br /&gt;y detendrás la marcha&lt;br /&gt;Podré alcanzarte y besar tus manos&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Me dijeron ayer que habías muerto&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;XII&lt;br /&gt;El esplendor del mundo fuera de nuestros cuerpos&lt;br /&gt;Los libros, los canteros con flores, la mirada del perro&lt;br /&gt;la niña muerta  en un altillo&lt;br /&gt;con el libro de Saint John Perse clavado en la garganta &lt;br /&gt;el valle del Elqui con trebolares húmedos&lt;br /&gt;para apresar el pie de la Gabriela&lt;br /&gt;el día que Pablo nació sobre volcanes apagados&lt;br /&gt;la dulce amiga que bailaba sambas&lt;br /&gt;con sus genitales dorados como si fiera una mariposa&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El esplendor del mundo lejos de nuestros cuerpos&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Todavía, a veces, pongo mis labios sobre la cicatriz&lt;br /&gt;de  tu pecho y espero&lt;br /&gt;Así de fuerte la elección del martirio&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;XIII&lt;br /&gt;Soy como la que fui, como el pasado soy Teresa&lt;br /&gt;En la calle me bendicen y besan el borde de mi falda&lt;br /&gt;Mi abuela corta panes de salvia para alimentarme &lt;br /&gt;En los pasillos de los claustros camino lentamente&lt;br /&gt;dejando gotas de sangre&lt;br /&gt;Soy como la que fui, santificada en fortaleza y alegría&lt;br /&gt;Uso un  idioma delicado reservado a los ángeles&lt;br /&gt;que en  tropel me acosan y a veces me iluminan&lt;br /&gt;Soy la riqueza y el esplendor de Dios&lt;br /&gt;La mujer  de las moradas profundas, del encuentro y el goce&lt;br /&gt;Soy como la que fui, la inaccesible roca&lt;br /&gt;la resucitada&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Soy la que te ha engendrado para que vivas un instante&lt;br /&gt;y me hables del amor pequeñísimo y frágil&lt;br /&gt;que no puede entrar en mi casa&lt;br /&gt;y grita inútilmente en las calles con estridente voz&lt;br /&gt;Soy la vigilia y la perfección del consuelo&lt;br /&gt;quien  cerrará tus ojos y cubrirá con mantas&lt;br /&gt;tu cuerpo desnudo&lt;br /&gt;Soy como la que fui, el laberinto, la extraña&lt;br /&gt;que en el pasado dijo amarte&lt;br /&gt;soy apenas Teresa, la puerta de la clausura&lt;br /&gt;el amor terrenal más valiente y gozoso&lt;br /&gt;Soy lo que resta de la pérdida atroz &lt;br /&gt;lo que no acaba nunca&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Soy este triste tibio triste corazón desolado&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;XIV&lt;br /&gt;¿Ya está atardeciendo? Preguntas&lt;br /&gt; En tu pelo entrecano se ha detenido una mariposa&lt;br /&gt; ¿Acaso vas a morir?&lt;br /&gt;No es el atardecer, respondo&lt;br /&gt;Es el sopor de luz que tienen las cosas &lt;br /&gt;antes de que amanezca&lt;br /&gt;Después, si esa noche llega&lt;br /&gt;si esa horrenda, maldita, innecesaria noche &lt;br /&gt;llega&lt;br /&gt;pensarás que algo ha pasado con tus ojos &lt;br /&gt;y los cerrarás dulcemente &lt;br /&gt;como queriendo desempañar la viejas pupilas&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;XV&lt;br /&gt;De tu brazo he cruzado los puentes de madera&lt;br /&gt; para no derrumbarme en el vacío &lt;br /&gt;Una ternura antigua, como de plumas de quetzal,&lt;br /&gt;llena hoy mi corazón detenido &lt;br /&gt;Todavía canta en las lejanas islas&lt;br /&gt; un amor con los ojos astillados&lt;br /&gt;Ya no caminaré los puentes para buscarlo&lt;br /&gt;porque tal vez es cierto que no estás, que te has marchado&lt;br /&gt; y que sólo canta&lt;br /&gt;un ruido de cristales rotos&lt;br /&gt; y papeles quemados&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;* Inédito, 2004&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/3988981779949304824-3417933454536947830?l=ednapozzi.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://ednapozzi.blogspot.com/feeds/3417933454536947830/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=3988981779949304824&amp;postID=3417933454536947830' title='3 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3988981779949304824/posts/default/3417933454536947830'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3988981779949304824/posts/default/3417933454536947830'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://ednapozzi.blogspot.com/2007/09/razones-de-el-libro-de-juan.html' title='Razones de &quot;El libro de Juan&quot;'/><author><name>Edna Pozzi</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>3</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-3988981779949304824.post-6942195077247860564</id><published>2007-08-29T11:37:00.000-07:00</published><updated>2007-08-29T13:24:28.359-07:00</updated><title type='text'>La casa de "EL LIBRO DE JUAN"</title><content type='html'>Primer movimiento&lt;br /&gt;Todos están de acuerdo en que debo irme de esta casa. Es muy grande y muy insegura y está acechada por ladrones, chicos mendigos, puertas que no cierran y ventanas que dan a patios oscuros donde al atardecer se ven sombras ominosas, ruidos de vecinos que se filtran a través de tapiales bajos o a veces un silencio que trepa por las paredes y se sienta en los sillones a conversar con la nada. Un departamento chico es más acorde con la soledad, dicen, y los años inseguros que vendrán, un pequeño refugio con una mesita para comer en la cocina y un ventanal en el living donde sólo entran dos sillones. Nadie responde cuando pregunto por los libros y los papeles que en cantidades tremendas me siguen desde hace años y no entran en ningún departamento porque son gente gruesa y gritona, gente que necesita aire y espacio, están llenos de árboles y de pájaros y chicos que corren por las páginas blancas y saben pescar peces dorados en los amaneceres. No responden cuando pregunto por los retazos de "vida vivida" que como tramas de hilos de oro cubren los muros, los retratos de abuelos y tíos, abuelos y primos y sobrinos, tan fugaces que necesitan el soporte de los ladrillos nobles y anchos, para simular alguna densidad, una presencia. Todo puede ser abandonado, aducen los sensatos, los libros se regalan, los papeles se queman, los retratos de abuelos muertos no le interesan a nadie, la cuestión es salvar el cuerpo a la acechanza de los miserables, envejecer dignamente en la cocina-comedor mirando una vasija azul con flores de plástico. Reducirse, empequeñecerse, ceder ante el miedo, guardarse en rincones oscuros cada vez más sombríos, no molestar, circundar con rejas al espacio mínimo donde no es posible gritar ni bailar, adelgazar la esperanza, hundir en un charco de aguas podridas el barquito de papel con los sueños de la infancia.&lt;br /&gt;Y así es el pensamiento de los sensatos para que yo me vaya de esta casa. Razones económicas y razones de seguridad, sobre todo las poderosas razones de una sociedad que fabrica marginales, personas sin apoyo ni sostén, una sociedad fascista y oscura, cuyo signo más distintivo es la huida, el terror ante la inseguridad, el drenaje cotidiano a la esperanza, la impotencia para proteger al desvalido, la aceptación de la ignominia.&lt;br /&gt;Entonces se comienza a morir, se comienza a honrar la muerte. Porque después de un departamento con un florero azul y si todavía respiro, es posible que moleste en esta ciudad, en este país, en esta patria de banderas celestes y blancas. Entonces deberé irme más lejos, vender lo poco que aún resta, dos libros de poemas, un piano, una cacerola de hierro, porque ya no entenderé el idioma que hablan, ya no estaré segura entre gente armada con la impudicia, ya no sabré distinguir la verdad del error, ya habré perdido la voz para el lamento y el grito. Habrá que irse, atravesar la frontera, buscar las tolderías de los indios, quizá. Cada vez más al sur, hacia la extenuación, lo sé. Pero no siempre las razones de los sensatos son agradables a Dios o a los poetas. A veces parecen un montón de basura, excusas torpes de quienes son incapaces de procrear un sueño poderoso, de hacer posibles las utopías, de tener un poco más de compasión e inteligencia.&lt;br /&gt;Y además, aunque esta patria se esté tornando inhabitable, no voy a huir. Resistiré con ella, trataré de apuntalar sus viejos muros, recordaré a mi hijo tocando la guitarra frente a un fuego de ramas de eucaliptus, recordaré a los amigos de las revoluciones y a los vasos de vino.&lt;br /&gt;No voy a irme. No voy a empequeñecerme. Todo lo contrario. Voy a agrandarme con un sueño tan excesivo que haga temblar a los timoratos.&lt;br /&gt;Por esta patria. Por esta casa.&lt;br /&gt;Segundo movimiento&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Todos mueren lejos de casa. En 1890 mi abuela cruzó el mar y de apenas quince años se atrevió con el pueblo enclavado en la llanura que crecía sin ritmo sobre los campos ásperos y bravíos. Siempre hablaba de "la otra casa" desde cuyas ventanas se veían colinas cubiertas de lilas y de los muros de la iglesia cubiertos con pinturas pre-renacentistas, santos hieráticos y apóstoles que sostenían en las manos laxas un Evangelio color guinda. Con los siglos el Evangelio tomó un tinte de sangre seca que disgustaba a mi abuela. Aquí se encontró con una cultura frágil y sin raíces, una casa de tránsito donde pasar la noche, resguardarse del frío, alimentar niños díscolos de mirada lejana, marcados por el desarraigo, mientras se trabajaba duramente en esta parte de América donde no había minas de oro y plata y ya asomaba el rostro de la codicia y la injusticia. Entonces comenzó a guardar en un baúl sus cosas más preciadas para volver. Tomaría mi mano y volvería a la vieja casa de paredes de piedra y ventanas que miraban a un campo de lilas. &lt;br /&gt;Su sueño fue quebrado por la muerte. Le contaba estas cosas a Felipe Aranda y él me preguntaba por qué esa romana fuerte y autoritaria, no levantó aquí su casa, impuso sus códigos culturales, los niños deberían cantar y tocar un instrumento, las fiestas religiosas se celebraban en las calles con panes de aceituna y pasteles de almendra, la vida era siempre un objeto precioso, aún en la pobreza y la escasez, y la alegría un huésped de la casa como si todos fueran a vivir eternamente, como si nada fuera a ser agrisado por la vejez y la derrota.&lt;br /&gt;Nunca supe qué responderle a Felipe, aunque intuía, sordamente, que una especie de viento contrario, de dirección equivocada, había torcido esa posibilidad remota de construir la casa en el exilio.&lt;br /&gt;Felipe Aranda amaba las casas anchas, la gente libre que caminaba liviana con su equipaje se sueños. Bordaba su patria delicadamente, pero con la sangre dispuesta, el gesto arrogante de los jóvenes mártires.&lt;br /&gt;Arrancado de su casa, de sus poemas, de su hijo de cinco años que había escrito la palabra mariposa, fue asesinado y su cadáver sepultado en una tumba sin nombre. Fue en el año 1978 y los reparadores que vinimos después aún estamos intentando darle una casa más cálida que las vanas palabras, darle un lugar, un sitio, un guijarro, algo en esta patria que le pertenezca, una muerte segura, una casa.&lt;br /&gt;      Con Felipe Aranda cruzamos la frontera francesa desde España hacia San Juan de Luz, marchando detrás de los republicanos derrotados que dejaban su fusil en el suelo desparejo del puesto fronterizo y caminaban vestidos con uniformes harapientos hacia su destino de servidumbre y pobreza. "¡Pescado podrido para los españoles!", gritaban los libérrimos franceses de la Marsellesa, temiendo por su hogar, sus casas de pequeños, miserables burgueses, ante esa banda de derrotados, de gente sin hogar, sin amigos, "sin un hijo para llevarse a los labios".&lt;br /&gt;También estuvimos con Felipe -y ya para entonces él era un montoncito de cenizas en un lugar ignoto de la Argentinamezclados con los chicos palestinos de un campo de refugiados. Niños con hambre -lo que se dice fácil hasta que uno toma la muñeca de uno de ellos y se encuentra con dos huesitos descarnados, agudos y con la piel áspera y lastimada—, niños sin iglesias, sin justicia, sin nada comparable con la humanidad. Niños cuya única casa en el mundo era un campo de hierbajos rodeado por un alambrado de púas.&lt;br /&gt;Todos mueren lejos de casa. Para algunos la patria fue siempre una palabra demasiado suntuosa reservada para los ricos y para ellos no hubo nunca dónde regresar, el lugar, el sitio, la guarida de los sueños y la esperanza.&lt;br /&gt;Los miro de soslayo con la cabeza enterrada en la falda de mi abuela que acaricia con su mano pajarera mi pelo lacio y oscuro. Ella está esperando que me levante. Que abra bien los ojos. Que mantenga abierta la casa grande donde algún extraviado pueda llegar en la noche. Entonces tal vez diga: "Todavía hay fuegos encendidos en esa casa".&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/3988981779949304824-6942195077247860564?l=ednapozzi.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://ednapozzi.blogspot.com/feeds/6942195077247860564/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=3988981779949304824&amp;postID=6942195077247860564' title='5 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3988981779949304824/posts/default/6942195077247860564'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3988981779949304824/posts/default/6942195077247860564'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://ednapozzi.blogspot.com/2007/08/la-casa.html' title='La casa de &quot;EL LIBRO DE JUAN&quot;'/><author><name>Edna Pozzi</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>5</thr:total></entry></feed>
